Cooperación Internacional para el Desarrollo, cuando la finalidad de la UCA “es hacer del mundo un lugar mejor” 19 diciembre 2025
Lucía Molina, Inmaculada Antolínez y Esther Puertas muestran cómo se trabaja y qué objetivos persigue la Oficina de Cooperación Internacional para el Desarrollo de la Universidad de Cádiz
La Universidad es docencia, es investigación y, cada vez más, es transferencia. Una transferencia entendida no solo como la aplicación del conocimiento al tejido productivo, sino como el impulso de iniciativas que contribuyen al bienestar y al progreso de la sociedad en la que se inserta. Y también de aquellas que miran más allá de su entorno inmediato. La propia palabra universidad remite a esa vocación amplia y abierta. Desde su raíz etimológica, comparte origen con el concepto de universal: aquello que forma parte de un todo, lo que nos une más allá de fronteras geográficas o culturales. En ese sentido, lo que sucede en cualquier parte del mundo no es ajeno a la Universidad de Cádiz. Los desafíos globales interpelan directamente a la institución universitaria y forman parte de su campo natural de actuación.
Desde esta perspectiva, la cooperación internacional se convierte en una pieza esencial del compromiso social de la universidad y de su función de transferencia. Cooperar es compartir conocimiento, capacidades y experiencias, pero también asumir responsabilidades y contribuir, desde el ámbito académico, a un desarrollo más justo y sostenible. En la Universidad de Cádiz, esta labor se articula a través del Secretariado de Cooperación Internacional para el Desarrollo, dependiente del Vicerrectorado de Internacionalización. Desde este espacio se promueven proyectos, programas formativos y acciones que refuerzan el papel de la UCA como agente activo en el desarrollo humano sostenible, en colaboración con instituciones, organizaciones y comunidades de distintos países. En esta línea, Inmaculada Antolínez, directora del Secretariado, junto a Esther Puertas, técnica de la Oficina de Cooperación Internacional, y Lucía Molina, estudiante voluntaria internacional, reflexionan sobre la misión y el compromiso de la Universidad de Cádiz con la cooperación para el desarrollo.
¿Por qué es importante que la cooperación internacional forme parte de la estructura de la Universidad y no esté al margen de ella?
Inmaculada Antolínez (I.A.) Porque la universidad es, por definición, un actor reconocido de cooperación. No solo desde un punto de vista normativo -la legislación universitaria y la propia LOSU establecen de forma clara la responsabilidad de las universidades en relación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible-, sino también desde una dimensión ética. La universidad genera conocimiento y ese conocimiento debe contribuir a mejorar la sociedad. No se trata únicamente de docencia e investigación, sino también de impacto social. Más allá de la normativa, creemos que existe una obligación ética clara. La universidad no puede limitarse a producir conocimiento de forma abstracta; tiene que preguntarse para qué sirve y a quién beneficia. En ese sentido, la cooperación universitaria permite orientar ese conocimiento hacia la reducción de desigualdades y hacia la transformación social. Para mí, la finalidad última es sencilla, aunque pueda sonar ingenua: contribuir a que el mundo sea un lugar un poco mejor.
Esther Puertas (E.P.) Además, la cooperación conecta directamente con la formación. A veces se presenta como algo accesorio o como una moda, pero en realidad entronca de lleno con la misión universitaria. La universidad forma a las futuras generaciones y esa formación no es solo técnica, también es ética. La cooperación permite trabajar valores como la justicia social, los derechos humanos o la sostenibilidad desde experiencias reales y desde la investigación aplicada al desarrollo.
¿Qué papel juega la Universidad como espacio formativo en este ámbito?
E.P. La universidad es un espacio privilegiado para formar ciudadanía crítica. No se trata de filantropía ni de asistencialismo, sino de responsabilidad. La cooperación universitaria aporta una mirada global y permite entender que los problemas locales están conectados con dinámicas globales. Además, tenemos recursos, conocimiento y capacidad de análisis que otros actores no siempre tienen, y eso nos permite aportar valor añadido a los proyectos de cooperación.
¿Cuál es la misión del Secretariado de Cooperación Internacional para el Desarrollo de la Universidad de Cádiz?
I.A. El Secretariado articula el papel de la Universidad de Cádiz como actor de cooperación. Trabajamos en varias líneas complementarias. Por un lado, la formación en educación para el desarrollo y en cooperación internacional, dirigida a toda la comunidad universitaria -estudiantado, PDI y PTGAS, adaptada a cada colectivo. Por otro, las misiones de cooperación universitaria al desarrollo, que permiten identificar necesidades en terreno y formular proyectos alineados con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, enfoque de derechos humanos y sostenibilidad ambiental. Y, finalmente, el programa de voluntariado internacional, que busca acompañar al estudiantado en experiencias formativas transformadoras, siempre desde una mirada crítica y responsable.
¿Qué papel ocupa el voluntariado internacional dentro de esta estrategia?
E.P. El voluntariado es una pieza clave, pero siempre desde una concepción muy cuidada. No se trata de “ir a ayudar” sin más. Apostamos por un voluntariado universitario formado, acompañado y vinculado, en la medida de lo posible, al área de conocimiento de cada persona. La universidad actúa como mediadora y facilitadora, generando relaciones estables con las contrapartes y garantizando una experiencia formativa de calidad.
I.A. Además, creemos que el voluntariado universitario tiene un valor añadido muy claro. El estudiantado no va como profesional egresado, pero sí como persona en formación, con conocimientos y competencias que puede aportar. A eso se suma una formación ética muy importante y una capacidad crítica que se trabaja antes, durante y después de la experiencia.
¿Cuáles son los principales programas de voluntariado que tiene actualmente la Universidad de Cádiz?
E.P. Actualmente contamos con dos grandes programas. Por un lado, el Programa General de Voluntariado Internacional Universidad de Cádiz–Beca Santander, que se inició en 2021. En este programa se realizan formaciones de enero a marzo, saliendo la convocatoria en abril. Actualmente trabajamos con la Asociación Paz y Bien en Guatemala, con la Fundación Serra Schönthal en Colombia y Filipinas y con COOPERAND amb Llatinoamérica en Bolivia. Por otro lado, está el programa financiado por la Diputación de Cádiz, que nos aporta continuidad y nos permite incorporar iniciativas como la figura de los embajadores y embajadoras de la Universidad. Este año, dentro de este programa de Diputación, hemos trabajado con contrapartes en países como Bolivia, Kenia o Mozambique. Apostamos más por la calidad que por la cantidad. Preferimos pocos destinos bien consolidados, con buenas condiciones y resultados contrastados, que muchas plazas sin un acompañamiento adecuado.
¿Cómo se prepara al alumnado antes de su desplazamiento?
E.P. La formación es obligatoria y específica por destino y contraparte. Incluye conocimiento del contexto, del proyecto y de la organización con la que se va a trabajar. Además, en algunos programas hemos incorporado una formación adicional centrada en la dimensión emocional y crítica de la experiencia, con sesiones antes y después del viaje. Esto ha sido clave para que la vivencia sea realmente transformadora.
Lucía, en tu caso, ¿cómo fue el proceso para participar en el voluntariado?
Lucía Molina (L. M.) Yo conocí el programa gracias a profesoras de mi grado, Trabajo Social, que habían participado en proyectos en Guatemala. Empezamos a interesarnos, hicimos las formaciones y, cuando salió la convocatoria, nos presentamos. Fui seleccionada a través del programa del Banco Santander. Creo que es muy importante que esta información llegue al aula, a través del profesorado. Muchas veces el alumnado no se entera de estas oportunidades si no se explican directamente. En mi caso, fue clave ese contacto personal.
¿Cómo fue la experiencia en terreno, tanto a nivel personal como profesional?
L.M. Ha sido una experiencia profundamente transformadora. A nivel profesional, trabajé cada día en tareas propias del trabajo social: atención directa, elaboración de informes, talleres con comunidades. Me dio una confianza enorme y una formación práctica donde aplicar todos los conocimientos teóricos. A nivel personal, te cambia la mirada. Ver de primera mano las desigualdades, convivir con realidades tan distintas y reflexionar sobre ello desde dentro te marca para siempre. Recibimos muchísimo. Incluso diría que recibimos más de lo que damos, sobre todo en términos de aprendizaje y conciencia social.
¿Qué aporta la Universidad de Cádiz como institución a estos proyectos?
I.A. Aporta confianza, estabilidad y redes. La universidad es una institución reconocida y eso facilita relaciones duraderas con financiadores y contrapartes. También permite articular investigación, docencia y cooperación de forma integrada.
E.P. Y aporta capital humano. Personas con formación diversa, capacidad crítica y compromiso. Creemos que los roles deben ser flexibles: la universidad puede acompañar en terreno y las ONG pueden investigar. La cooperación debe ser realmente multiactor.
¿Existe retorno de estas experiencias a la propia Universidad?
E.P. Sí, y cada vez más. Hay estudiantes que, a partir del voluntariado, orientan sus trabajos fin de grado, fin de máster o incluso tesis doctorales. Tenemos ayudas de movilidad, premios a trabajos vinculados a cooperación y misiones de investigación para el desarrollo. La idea es generar un círculo virtuoso entre experiencia, investigación y transferencia.
I.A. Creemos que lo que no se verbaliza no existe. Por eso es importante visibilizar estas trayectorias y reconocerlas académicamente. La cooperación también es una forma de hacer investigación para la transformación social.
Mirando al futuro, ¿hacia dónde debería avanzar la cooperación universitaria?
I.A. El escenario ideal sería que la cooperación dejara de ser necesaria porque las desigualdades estructurales desaparecieran. Mientras tanto, debemos avanzar hacia relaciones más horizontales, de intercambio real, superando la lógica de países donantes y receptores. La cooperación universitaria tiene que ser crítica, reflexiva y transformadora, tanto para quienes participan como para la propia institución.
