Vanesa España, la doble mirada de investigadora y deportista para una vocación de excelencia 13 marzo 2026
Vanesa España es profesora en el departamento de Didáctica de la Educación Física, Plástica y Musical, carrera que ha unido a su pasión por la escalada
En las películas de la saga de Indiana Jones, lo que más sorprendía a los aficionados no era la búsqueda del Grial, el amortiguar la caída de un avión con una balsa hinchable o que Sean Connery fuera el padre del Harrison Ford cuando apenas se llevan doce años. Era que el protagonista pudiera compaginar una actividad aventurera y de gran exigencia física con la investigación académica. En la Universidad de Cádiz hay un caso similar en el que esa pasión por el esfuerzo deportivo y la excelencia académica confluyen con naturalidad. Vanesa España es escaladora y profesora del departamento de Didáctica de la Educación Física, Plástica y Musical. Miembro del Instituto de Investigación e Innovación en Ciencias Biomédicas (INiBICA), ha sido profesora de una microcredencial sobre escalada que ha atraído hasta la Universidad de Cádiz a estudiantes de distintos rincones del mundo. En esta entrevista, analiza cómo se conjuga una pasión con la investigación académica.
Su trayectoria combina investigación, docencia y una estrecha relación con el deporte. ¿Cómo resumiría su recorrido profesional hasta su incorporación a la Universidad de Cádiz?
En mi caso, todo empezó con la escalada. La descubrí siendo adolescente, cuando todavía era un deporte bastante minoritario, y para mí fue casi una brújula. Me dio motivación, me ayudó a encontrar un entorno muy sano y, sobre todo, despertó una curiosidad enorme por entender el rendimiento, por qué mejoramos, cómo entrenamos, qué ocurre en el cuerpo cuando practicamos deporte. Esa curiosidad fue la que me llevó a estudiar Ciencias de la Actividad Física y del Deporte. Con el tiempo me especialicé en alto rendimiento e inicié mi tesis doctoral sobre fisiología de la escalada deportiva, algo muy poco habitual en aquel momento. Apenas había investigación en España y muy poca fuera, así que fue una etapa muy pionera, de abrir camino casi desde cero. Recuerdo además un momento muy simbólico. Al empezar la tesis escribí a Phil Watts, uno de los pocos investigadores que trabajaban en escalada en aquel momento, para pedirle algunos artículos que no conseguía encontrar. Y me los envió por correo postal, junto a otros que desconocía, a mi casa, en una carpeta!!. Hoy puede parecer anecdótico, pero para mí fue emocionante, sentí que ese campo existía de verdad, que había por hacer y que quizá yo también podía contribuir a construirlo…
Después fui teniendo la oportunidad de formarme y trabajar en centros de gran prestigio internacional, como el Karolinska Institute, varias universidades en Estados Unidos, como Northern Michigan University o University of South Carolina, y finalmente la Universidad de Cambridge. Esas etapas me ayudaron a consolidarme como investigadora y a conectar dos líneas que siguen definiendo mi trabajo, Salud (actividad física, condición física, ejercicio y su relación con la salud), y escalada como objeto de estudio científico.
Nunca he dejado de investigar en escalada, a pesar de que ha sido un ámbito muy minoritario y con muy poca financiación. Probablemente por eso le tengo todavía más cariño, porque ha sido una línea construida con mucha convicción, mucha constancia y una red internacional de personas que creímos que merecía la pena desarrollarla. Después de casi siete años en el extranjero, volví a Andalucía. Llegar a la Universidad de Cádiz fue una forma de cerrar el círculo, volver cerca de casa, pero con toda esa experiencia acumulada, para seguir investigando, dar clase y contribuir desde aquí.
¿Qué le ha aportado, como investigadora, la experiencia internacional acumulada en distintos centros de investigación de referencia?
Ha sido clave. Aunque siempre me gusta recordar que mi trayectoria empezó ya en un entorno muy exigente, en la Universidad de Granada, dentro de un grupo de investigación de enorme nivel. Ahí aprendí algo que me ha acompañado siempre, que la investigación es trabajo en equipo, constancia y también mucha ambición bien entendida. Después, salir al extranjero me permitió seguir formándome en centros de referencia y, sobre todo, aprender de personas que estaban haciendo ciencia de altísimo nivel. Para mí eso siempre ha sido muy motivador. He intentado vivir cada etapa como una oportunidad para observar, escuchar, aceptar críticas, aprender otras maneras de trabajar y quedarme con lo mejor de cada sitio.
Cada centro y cada país tienen su propia cultura científica, y pasar por entornos distintos me ha dado una perspectiva muy amplia. Me ha ayudado a ser más flexible, más rigurosa y también más abierta a la colaboración. Además, me ha permitido construir una red internacional de contactos y colegas a la que sigo recurriendo hoy, tanto en el ámbito de la salud como en el de la investigación en escalada. Quizá lo más valioso es que toda esa experiencia no se queda solo en el plano personal. Hoy la aplico en mi día a día en la universidad, en cómo planteo los proyectos, en cómo trabajo con estudiantes y doctorandos, en cómo entiendo la investigación y también en el nivel de exigencia y cuidado que intento trasladar a todo lo que hago.
Su trabajo se articula en torno a dos grandes líneas: la promoción de la actividad física para la salud y el estudio fisiológico de la escalada. ¿Cómo se conectan ambas áreas dentro de su investigación?
En realidad, al principio no eran dos líneas tan conectadas como puede parecer vistas desde fuera. Durante mis primeros años, la investigación en escalada y la investigación en actividad física y salud convivían más bien en paralelo, aunque yo siempre intentaba que dialogaran entre sí. Tuve la suerte de hacer el doctorado en Medicina, en un entorno muy abierto, donde me permitieron desarrollar una tesis sobre escalada deportiva en un momento en que era un tema muy poco habitual, y al mismo tiempo participar en grandes proyectos europeos relacionados con actividad física, condición física y salud. Esa combinación fue muy importante porque muchos de los conocimientos metodológicos que adquiría en el ámbito de la salud me servían también para la escalada. Por ejemplo, cuando trabajábamos en cómo evaluar determinadas capacidades físicas o cómo mejorar la calidad de las mediciones, yo siempre estaba pensando en cómo trasladar ese aprendizaje a un deporte tan específico como la escalada.
Con el tiempo sí he intentado acercar ambas líneas de una forma más directa, especialmente en el campo de la salud mental. Ahí surgió, por ejemplo, el proyecto SONRIE, donde me interesaba mucho explorar el potencial de la actividad física en el medio natural como intervención en personas con depresión. Mi idea inicial incluía incluso actividades como la escalada, porque la literatura científica ya apuntaba a que puede tener beneficios muy relevantes en este ámbito. La pandemia alteró por completo aquel diseño y obligó a reformular el proyecto, pero aun así esa inquietud sigue estando ahí, cómo aplicar lo que sabemos del ejercicio, de la naturaleza y de determinadas prácticas, como la escalada, a la mejora de la salud. Diría que ese es el punto de encuentro entre ambas líneas. Una me ha dado herramientas y una mirada muy amplia sobre la salud; la otra ha sido siempre mi línea más vocacional y la que más me mueve personalmente.

A veces quienes se inician en la investigación dudan a la hora de estudiar temas relacionados con sus propias pasiones o aficiones. ¿Cuál ha sido su experiencia en este sentido? ¿Cómo ha enriquecido su investigación el hecho de ser también escaladora?
En mi caso, estudiar un tema tan ligado a una pasión personal no ha sido una dificultad, sino todo lo contrario, ha sido una fuente constante de motivación. Yo tenía muchísima vocación y una curiosidad enorme por entender mejor un deporte al que sentía que todavía le faltaba muchísimo por aportar desde la ciencia. La escalada era, y en muchos aspectos sigue siendo, un campo con muchas preguntas abiertas, así que para mí investigar ahí tenía todo el sentido. Ser escaladora me ha ayudado a identificar preguntas relevantes, preguntas que nacen de la práctica real y de las dudas que cualquier escalador o escaladora se plantea. Muchas parecían preguntas sencillas, pero para responderlas con rigor había que construir antes una base metodológica que prácticamente no existía.
Creo que esa doble mirada, la de investigadora y la de deportista, ha enriquecido mucho mi trabajo. Me permite entender mejor el contexto, formular preguntas más útiles y tratar de generar conocimiento que realmente pueda aportar algo al propio deporte. También tiene su parte paradójica, claro, dedicar tanto tiempo a investigar la escalada a veces significa tener menos tiempo para practicarla todo lo que me gustaría. Pero, en el fondo, ambas facetas forman parte de la misma vocación.
Parte de su investigación se orienta a la prevención de enfermedades como el Alzheimer o la obesidad a través del ejercicio físico. ¿Cree que debe potenciarse la actividad física como elemento clave de la salud pública, tanto desde la investigación como desde las políticas públicas?
Sí, sin duda. Aunque matizaría que mi trayectoria investigadora no se ha centrado tanto en enfermedades concretas como el Alzheimer o la obesidad como líneas principales propias, sino más bien en la actividad física, la condición física y su relación con la salud. En mis primeras etapas trabajé especialmente en población adolescente, con un enfoque muy metodológico, participando en el desarrollo y validación de herramientas de evaluación de la condición física, como la batería ALPHA, que nació como una propuesta europea y que con el tiempo ha tenido una gran proyección internacional. Ese trabajo fue importante porque ayudó a disponer de instrumentos sólidos para evaluar la condición física desde una perspectiva vinculada a la salud. Además, a lo largo de mi trayectoria también he trabajado en el estudio de la relación entre actividad física, condición física, morbilidad y mortalidad, tanto en población joven como adulta, y he podido hacerlo en contextos internacionales muy diversos. Todo ello me ha permitido entender con bastante claridad hasta qué punto el movimiento, la capacidad funcional y el nivel de forma física están profundamente ligados a la salud y a la prevención.
Desde esa experiencia, creo que la actividad física debe tener un papel mucho más central en la salud pública. Hemos avanzado mucho en concienciación social y hoy existe una mayor sensibilidad hacia la importancia de moverse, pero todavía estamos lejos de que toda esa evidencia científica se traduzca plenamente en estructuras, recursos y políticas sostenidas.
Sabemos desde hace tiempo que moverse es clave para la salud física y mental, y aun así seguimos viviendo en entornos muy sedentarios. Por eso no basta con recomendar ejercicio de forma general, hacen falta estrategias reales, coordinación entre sectores y profesionales cualificados que puedan diseñar, supervisar y adaptar programas en función de las necesidades de cada población. En ese sentido, creo que uno de los retos más importantes es integrar de forma más efectiva a los y las profesionales de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte en los sistemas de prevención y promoción de la salud. Se están dando pasos interesantes, prueba de ello es PAPEF, pero todavía queda mucho recorrido para que esa integración sea estructural y no dependa solo de iniciativas concretas. Así que sí, la actividad física no debería entenderse como un complemento, sino como una pieza básica de la salud pública, y eso exige seguir avanzando tanto en investigación como en políticas públicas valientes y bien implementadas.
Como investigadora y docente universitaria, ¿qué retos considera prioritarios en la investigación sobre actividad física y salud en los próximos años?
Creo que uno de los principales retos en investigación sobre actividad física y salud ya no es tanto demostrar que moverse es beneficioso, porque esa evidencia científica es sólida desde hace años. El verdadero desafío ahora es conseguir que ese conocimiento se traduzca en cambios reales en la vida de las personas y en las políticas públicas. Vivimos en sociedades cada vez más sedentarias, en entornos que muchas veces favorecen la inactividad. Por eso es fundamental desarrollar estrategias que faciliten la práctica de actividad física en la vida cotidiana, desde la infancia hasta edades avanzadas.
Otro reto importante es avanzar hacia una prescripción de ejercicio más personalizada y mejor integrada en los sistemas de salud. Cada persona tiene características, necesidades y contextos diferentes, y el ejercicio debería poder adaptarse a esas realidades con el apoyo de profesionales cualificados. En ese sentido, creo que será clave seguir fortaleciendo el papel de los profesionales de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte dentro de los programas de prevención y promoción de la salud. Por último, también me parece muy interesante seguir explorando ámbitos que durante mucho tiempo han recibido menos atención, como la relación entre actividad física, naturaleza y bienestar psicológico. En un contexto social cada vez más complejo, el movimiento no solo tiene un impacto físico, sino también emocional y social, y ahí todavía hay mucho por investigar.
Recientemente se ha completado la microcredencial Escalada: Enfoque interdisciplinar hacia el rendimiento deportivo. El éxito de la convocatoria, que ha atraído a alumnado procedente de distintas provincias y países, ¿demuestra la necesidad de los enfoques multidisciplinares a la hora de abordar la actividad deportiva?
Sí, yo creo que lo demuestra claramente. De hecho, una de las cosas que más me ha ilusionado de esta microcredencial ha sido comprobar que existía una necesidad formativa real en este ámbito. La escalada es un deporte que, si se quiere abordar con rigor, no puede entenderse desde una sola disciplina. Necesita integrar fisiología, entrenamiento, medicina, psicología y otras áreas que aportan miradas complementarias. Precisamente ese ha sido uno de los grandes valores de la microcredencial, reunir en una misma formación un enfoque verdaderamente interdisciplinar y aplicarlo de manera específica a la escalada. Hasta donde yo conozco, no existe otra propuesta igual a nivel internacional con ese grado de especialización y con esa combinación de áreas. La respuesta del alumnado ha sido muy significativa. Hemos tenido participantes de distintas provincias españolas y también de varios países, tanto de Europa como de Latinoamérica e incluso de otros contextos más lejanos. Eso confirma que no solo había interés, sino también una demanda de formación avanzada, específica y bien estructurada en torno a este deporte.
Para mí, además, ha sido una experiencia muy especial porque ha supuesto dar forma docente a muchos años de trabajo e investigación. En cierto modo, ha sido una manera de ordenar, compartir y transferir conocimiento acumulado durante mucho tiempo, y hacerlo además desde la Universidad de Cádiz, lo que me produce una enorme satisfacción. Creo que iniciativas como esta también muestran que la universidad puede convertirse en un referente en ámbitos muy especializados cuando es capaz de unir conocimiento, instalaciones y colaboración entre áreas. Además, esta experiencia también ha puesto de relieve el enorme potencial que tiene la Universidad de Cádiz en este ámbito, especialmente a través de infraestructuras como el rocódromo ubicado en la Facultad de Ciencias de la Educación. La visibilidad que ha tenido la microcredencial ha despertado mucho interés entre el alumnado, y sería muy interesante seguir avanzando para que este tipo de instalaciones puedan contar con el apoyo necesario y convertirse en un recurso aún más activo para la formación y la práctica del estudiantado.
Para terminar, una pregunta más personal: ¿qué suele sorprender más, comentar entre escaladores que es usted investigadora con más de 70 publicaciones científicas o contar a sus colegas del ámbito investigador que practica la escalada?
Es una pregunta interesante y la verdad es que depende mucho del contexto. En los ámbitos científicos donde trabajamos directamente en investigación sobre escalada, en realidad no sorprende que yo también escale. Quizá la sorpresa aparece más cuando estoy en otros contextos académicos o de salud y comento que practico escalada, ahí sí suele haber más sorpresa, porque no es algo que la gente espere. En el mundo de la escalada ocurre algo diferente. Cuando voy a escalar intento desconectar completamente del trabajo, así que no suelo hablar demasiado de mi actividad investigadora. La gente sabe que trabajo en la universidad, pero no suele conocer con detalle a qué me dedico. Para mí la escalada es, sobre todo, una forma de disfrutar del deporte y de recargar energía fuera del ámbito profesional.
