Me llamo Luisa, soy gaditana, tengo 28 años y, entre otras cosas, he pasado un año en Grecia haciendo el SVE.
UNA REFLEXIÓN. LA CARA B.
Pues hace tres años que salí de la facultad y empecé a plantearme de nuevo mi rumbo (buscar trabajo, lograr mi independencia,…). Y bueno, desde entonces me he encontrado con mil dudas, planteándome hasta el sentido último de la vida. Es como si se me hubiera acabado el guión que había escrito para mi vida, y lo que siempre habían sido certezas ahora se han convertido en simples posibilidades. A mí esa incertidumbre por veces se me hace irritante, es una angustia! Ya no existe la respuesta correcta y la incorrecta, sino una consecuencia no siempre predecible detrás de cada elección; o sea, riesgo, responsabilidad… cosas muy serias, vaya!
Pero la Cara B de todo esto es una libertad fresquita (aunque suene a anuncio de compresas) de pensar que se tienen infinitas posibilidades, puedes ser y hacer cualquier cosa! … Una puede haber estudiado durante cinco años biología pero hacer un cambio de rumbo radical, y hacerse pastelera! (No es mi caso, pero oye, ¡ahí esta la opción!).
Al acabárseme el guión y empezar a improvisar, me he dado cuenta de que sí, que me gusta lo que estudié, pero el cuerpo me pide algo más; por eso, y mientras pueda, intento escuchar la cara B de la cinta y abrir todas las puertas, para volar un poquito: conocer otras culturas, vivir otras vidas, ver otros paisajes, descubrir otras gentes, quizá para, de ese modo, descubrirme a mí misma. Como cantan los del Combo Linga “yo no hice el viaje, el viaje me hizo a mí”, y supongo que uno de mis medios de transporte ha sido el SVE.
MI PROYECTO: GRECIA A VISTA DE PÁJARO
Me fui en diciembre de 2007 y durante un año he trabajado como voluntaria en WWF – Grecia, concretamente en el “Programa de Conservación de Rapaces del Parque Nacional Dadia – Lefkimi – Soufli”.
Yo estudié biología en Granada, y siempre me han gustado mucho las aves, especialmente las rapaces, así que a la hora de buscar un proyecto en Europa, me interesó que estuviera relacionado con la ecología, el medioambiente y a ser posible, la ornitología, para aprender y poner en práctica mis conocimientos y, a la vez, experimentar el desarrollo de un proyecto de conservación en otro país.
El Parque Nacional de Dadia – Lefkimi - Soufli se encuentra en la región de Tracia (θράκη), al noreste del país, literalmente en el “fin de Europa”, a muy poquito de Bulgaria y menos aún de Turquía. Vaya, “όπου ο Χριστός έχασε τον αναπτήρα του!” (¡Donde Cristo perdió el mechero!). Es una de las ultimas regiones que se anexionó a la Grecia que conocemos hoy en día, y esta sensación de “fin de Europa” se acentúa teniendo en cuenta que, con respecto al país y su capital, también esta muy alejado, y por lo que yo he podido observar, bastante olvidado.


Entre otras cosas, este lugar constituye uno de los puntos de mayor diversidad de rapaces de Europa, donde se pueden observar, a lo largo del año, hasta 36 de las 39 especies de rapaces europeas, ¡y donde las águilas reales comen tortugas! La estrella del Parque Nacional es el buitre negro, ya que este lugar es el último rincón de los Balcanes donde aún cría esta especie.


El principal esfuerzo del programa de conservación de rapaces de WWF – Grecia en Dadia se centra en la protección, el estudio y el seguimiento de la población de buitre negro y demás rapaces, así como la reducción de los factores que las amenazan, para lo cual se llevan a cabo varias acciones: marcaje de individuos de esta especie mediante anillamiento científico; aportes de alimento (carroña) en muladares artificiales, asegurando así la disponibilidad de comida; censos de la población y seguimiento de los movimientos y la mortalidad mediante radiotelemetría y telemetría por satélite; seguimiento de la actividad reproductora; estudio del impacto de los parques eólicos en las aves rapaces de la zona; campañas contra el veneno, etc. Así pues, a lo largo de todo el año el trabajo es muy variado, y durante el tiempo que yo he estado como voluntaria, he tenido la oportunidad de participar en prácticamente todas las áreas de trabajo de la organización.
EL DÍA A DÍA
Δαδιά (Dadiá), mi pueblo griego, se encuentra a 60 km. de la costa del mar Egeo y a 10 km. de la frontera con Turquía; alberga alrededor de 700 habitantes, tiene un centro ecoturístico, dos hoteles rural, tres tabernas, dos tiendecitas, un kiosco o περίιπτερο (períptero, que es casi una institución en el país), y 4 o 5 καφενεία (cafeníos, otra institución griega, que viene a ser el café-bar donde van nuestros abuelos a tomarse un chatito de vino o un orujo, encontrarse con los vecinos y jugar a las cartas). Yo vivía en una casita del pueblo, conocida como Χάνι (Jani, que en griego significa “posada”,) compartida con cinco voluntarios más de distintas nacionalidades, desde franceses hasta húngaros, pasando por ingleses, alemanes y hasta otra andaluza, con quienes, además de compartir casa, he compartido trabajo, viajes, experiencias y, ahora, recuerdos.


El SVE contempla el aprendizaje del idioma del país de acogida, y mi asociación da mucha importancia a esto: todos los lunes estaban reservados al idioma. θάνια (Zania), nuestra profe de griego y embajadora particular del país, pasaba el día en Dadiá, no solo enseñando a conjugar los verbos, sino también compartiendo los secretos de la cocina griega, contando chistes, u organizando la juerga del fin de semana siguiente.
De martes a viernes se repartía el trabajo, que generalmente consistía en dos o tres días de trabajo en el campo, y uno o dos días de trabajo en la oficina. En el trabajo de campo te podías encontrar patrullando los parques eólicos en busca de aves colisionadas; o sujetando el pico de un buitre mientras se le colocaba una anilla en la pata; u observando, a través de un telescopio, a 100 buitres zamparse 300 kilos de cerdo. En la oficina había también varias tareas; a mí, por ejemplo, me tocó digitalizar la biblioteca (es decir, pelearme con el griego en el ordenador) y, como proyecto personal, me embarqué también en una batalla con bases de datos y estadística (aún no sabría decir quién ganó la guerra, pero sé que ahora estoy más armada).


Y bueno, el tiempo libre y los fines de semana yo los intentaba aprovechar de la mejor manera posible. Durante el invierno el tiempo a veces obligaba a quedarse en el pueblo, entonces había que recurrir a la imaginación y el sentido del humor para pasarlo bien, mientras que durante el verano siempre estaba la opción de ir a la playa, hacer algún viajecito por los alrededores, alguna isla, barbacoas…, luego, se tienen dos días de vacaciones por mes, que se pueden acumular, ¡entonces a viajar! Creta, Peloponeso, Turquía, que estaba muy cerquita, las islas,… Si se organiza bien uno, sale muy barato. Y Grecia tiene lugares realmente mágicos.
IR… Y VOLVER
Reconozco que cuando decidí hacer el SVE le di mucha importancia al proyecto, a lo que iba hacer, lo tomé casi como un trabajo, o unas prácticas, mientras que el SVE considera también importantes otras muchas cosas, como el aspecto cultural y social de la experiencia.
Desde el punto de vista profesional estoy satisfecha de lo que he aprendido y de lo que he estado haciendo, he adquirido nuevas habilidades, que de otra forma difícilmente hubiera podido adquirir, y en general he disfrutado del trabajo y de haber contribuido al estudio y conservación del buitre negro y demás rapaces. Aunque también llegó a hacerse monótono, dejó de haber tanto que aprender y se convirtió en rutina, llegando a replantearme si debería haberme comprometido por un periodo de tiempo más corto. Sin embargo, lo positivo de quedarme todo el año ha sido poder participar en todas las tareas que se llevan a cabo en el proyecto, que son diferentes según la época del año.
En lo personal, vivir durante todo un año en un pueblo tan pequeño y tan alejado del resto del país, hizo que por momentos sintiera la necesidad de escapar, cambiar de aires, ir a la ciudad, ver otras caras. Aquí es donde cobra gran importancia la gente que te acompaña y la imaginación para hacer que el tiempo libre fuera divertido. La gente, como casi siempre, lo cambia todo… Por otra parte, no puedo olvidar la maravillosa sensación de tranquilidad y familiaridad de la vida en este pueblo.

La integración en la comunidad local es un aspecto que el programa SVE tiene muy en cuenta, de hecho es una de las tareas que tiene el mentor o tutor de la asociación de acogida. A la hora de formarme una idea del entorno en el que me encuentro, intento no perder de vista que cualquier impresión que tenga depende en parte de lo que soy, de lo que la gente muestra al observador, que en este caso es mujer, joven y extranjera, y si bien para muchos esto no supone diferencia alguna, en ocasiones puede hacer que sea más difícil o más lento el llegar a conocer todos los aspectos de una comunidad local. Sin embargo el choque cultural, para mí, no ha sido muy grande, ayuda mucho que el carácter griego se parezca mucho al español, o al menos congenian muy bien. Me ha resultado curioso encontrar un mayor contraste de carácter o inquietudes con mis compañeros de voluntariado norte-europeos, incluso siendo coetáneos. Supongo que es una cuestión del clima, ¿no?
Y bueno, regresar… pues es un proceso curioso. No es la primera vez que regreso a casa después de estar viviendo en el extranjero; hace tres años estuve viviendo un tiempo en Panamá, y hace dos años, en Portugal. Pero cada vez que vuelvo me sorprendo con nuevos pensamientos. Sin embargo, una idea constante es que al macharme de un lugar aprendo a quererlo más. Adoro el flamenco desde que estuve en Grecia, porque me acercaba a mi tierra, y ahora también adoro la música griega, que me transporta de regreso allí. Las raíces se hacen más profundas y se conocen mejor al estar fuera de casa.
EL SVE. DEBILIDADES Y FORTALEZAS
El SVE, resumiendo, es una forma de vivir en el extranjero colaborando y aprendiendo algo que te gusta de una forma económica. Las bases del programa son muy completas, contemplan prácticamente todo: idioma, seguro médico, alojamiento, manutención, viaje, así como aquellos aspectos relacionados con la convivencia, la adaptación y la integración,… Lo importante es que se aplique todo esto correctamente (como, afortunadamente, me ha ocurrido a mí). Lo que quiero decir es que si el SVE fuera un jamón, seria un pata negra, pero hay que asegurarse de que nadie lo usa para hacer un puchero… y que esto no ocurra depende de las asociaciones de envío y acogida, y por supuesto de uno mismo.
QUIÉN ME IBA A DECIR…
Que recogería el correo en un café-bar de un pueblo sin oficina de correo ni buzones en las casas…
Que conocería a esta gente natural, espontánea, tranquila y tremendamente hospitalaria de los Balcanes…
Que compraría la fruta y la verdura solo los martes y sábados en un camión…
Que me iba a enterar de que cada vez que enciendes un cigarro con la llama de una vela, un marinero muere en el mar…
Que me engancharía al café frappé (nescafé con hielo y espumita) como una griega más…
Que al volver a casa echaría de menos ir de tabernas un sábado al mediodía, donde por 10 o 12 euros, se come y se bebe de lujo, y después de comer se baila, se canta, se sigue bebiendo y se sigue bailando.
Que me enamoraría de un idioma que jamás había oído…
Que al enamorarme de este idioma, me enamoraría de esa música que habla de vida y de historia, enamorándome así también de los ritmos, los bailes,…
Que al volver lo iba a estar escribiendo para que lo colgaran en la Web de la UCA…J
“Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos…”
Eduardo Galeano, “El libro de los abrazos”

