Estereotipos, prejuicio y exclusión social
Según Tezanos (1999), en las sociedades actuales se está dando un proceso de dualización entre aquéllos que disfrutan de los beneficios de un nuevo tipo de crecimiento económico que no produce creación de empleo o difusión del bienestar social, y aquéllos, cada vez más numerosos, afectados por el desempleo y la precariedad del trabajo. Los inmigrantes constituyen un colectivo amenazado por la exclusión social definida como mayor incidencia de precariedad en el mercado de trabajo y plasmada también en otros ámbitos de relevancia social tales como vivienda, educación, salud y acceso a servicios, que desemboca en su “no participación social” y su inclusión en la categoría de “no ciudadanos” (Laparra, Gaviria y Aguilar, 1998).
La relación de la exclusión social con el prejuicio es evidente: los grupos excluidos suelen ser objeto de prejuicio por parte de la población general. Y a la inversa, los grupos sobre los que la población mayoritaria manifiesta prejuicio suelen ser condenados a la exclusión social (Molero, Navas y Morales, 2001). Si bien en los últimos años las encuestas realizadas en Estados Unidos y Europa demuestran que el prejuicio racial o étnico clásico ha disminuido, el rechazo y la exclusión social hacia los inmigrantes no lo han hecho. Zinder y Sears (1981) y McConahay (1986) dan cuenta de esta contradicción mediante el concepto de prejuicio moderno o simbólico. Así, el prejuicio hacia los afro-americanos ya no se atribuye a cuestiones raciales sino a un choque de valores: según los racistas modernos, la posición de inferioridad de los afro-americanos no se debería a relaciones desiguales e injustas sino a que este colectivo rechaza los valores imperantes de la ética protestante: trabajo duro, esfuerzo, etc.
Meertens y Pettigrew (1992, 1997) y Pettigrew, Jackson, Ben Brika, Lemaine, Meertens, Wagner y Zic (1998) formulan los conceptos de “rechazo manifiesto” y “prejuicio sutil” para dar cuenta de esta misma cuestión aplicada a la situación en Europa (Molero, Navas y Morales, 2001). Ambos tipos de prejuicio implican la exclusión social del grupo objeto de prejuicio aunque lo hacen a través de distintas vías. El prejuicio manifiesto lo hace a través del rechazo directo de los miembros del exogrupo por considerarlos “biológicamente inferiores”. El prejuicio sutil conduce a un rechazo indirecto que se justifica por la defensa de los valores tradicionales que los inmigrantes cuestionan o no comparten, y la exageración de las diferencias culturales entre la sociedad de acogida y la de origen, entre “nosotros” y “ellos”. Todo esto lleva a la negación de emociones positivas hacia los miembros del exogrupo. Por eso la persona con prejuicio sutil no tiene, o al menos no expresa, emociones negativas hacia los inmigrantes, pero es incapaz también de manifestar emociones positivas hacia ellos. Hay que señalar que la persona que tiene prejuicio sutil hacia un determinado grupo no es consciente ni de su prejuicio ni de las conductas discriminatorias que dicho prejuicio puede llegar a producir. En este sentido, el prejuicio sutil cumpliría una función enmascaradora y justificadora de la exclusión social y la discriminación de los grupos implicados (Molero, Navas y Morales, 2001: 20).
Al igual que existe una fuerte correlación entre prejuicio y exclusión social, existe también un nexo entre estigma y exclusión social. En general se tiende a estigmatizar a aquellas personas o subgrupos a los que se percibe amenazantes para el normal funcionamiento de una determinada sociedad por tener normas y valores diferentes o por dificultar el “buen” funcionamiento del grupo (Neuberg, Smith y Asher, 2000). Asimismo, la tendencia universal al etnocentrismo y al favoritismo endogrupal (Tajfel y Turner, 1986; Mullen, Brown y Smith, 1992) facilitaría también la estigmatización de los miembros de otros grupos. Los inmigrantes marroquíes cumplen ambos requisitos por lo que sufren con mucha frecuencia las consecuencias del estigma.
Los datos obtenidos en el estudio centrado en la provincia de Almería realizado por Navas, Cuadrado, Molero y Alemán (2000), muestran claramente cómo “los inmigrantes subsaharianos, pero sobre todo los magrebíes, son percibidos con valores, creencias y hábitos muy diferentes a los de los autóctonos… Así, tanto los inmigrantes subsaharianos como los magrebíes son percibidos por nuestros participantes como diferentes a los españoles en “los valores que enseñan a sus hijos”, en sus “valores o prácticas sexuales”, en “sus formas de hablar y comunicarse”, en “sus hábitos de higiene, limpieza y alimentación”, en “sus formas de ser y de ver la vida” y, en “sus creencias y prácticas religiosas”.
Estas diferencias percibidas entre “ellos” y “nosotros” se acentúan mucho más en el caso del colectivo magrebí (especialmente en las creencias religiosas: media de 6.17 sobre 7). La exageración con la que se perciben las diferencias culturales entre “ellos” y “nosotros” justifica la utilización de estereotipos “burdos” sobre el exogrupo, concibiéndolo como un conjunto de personas completamente diferentes y ajenas al propio grupo. Son precisamente estas diferencias culturales percibidas -y no las diferencias raciales o genéticas- las que se utilizan como justificación o explicación de la posición subordinada y en desventaja en la que se encuentra el exogrupo”.
Podemos definir los estereotipos como el conjunto de atributos (generalmente negativos) que utilizan las personas para caracterizar a los miembros de un determinado grupo social. (Oakes et al., 1994) A menudo, aunque no siempre, se trata de generalizaciones simplificadas desfavorables que adoptan la forma de: “todos los marroquíes son…” Es decir, los miembros de estas categorías sociales son despojados de su individualidad al adscribírseles un conjunto de atributos de carácter y propensiones de conducta que se derivan de su pertenencia a determinado grupo social. Los prejuicios conllevan sentimientos o actitudes negativas hacia los miembros de determinados grupos sociales por la mera pertenencia a esos grupos. (Allport, 1954) En contraste con los estereotipos que son pensamientos o creencias acerca de diversas categorías sociales, los prejuicios tienen un componente emocional. La discriminación ocurre cuando los estereotipos o los prejuicios activan comportamientos negativos (componente conativo conductual) hacia los miembros del grupo.
Las imágenes y representaciones sociales proceden en buena medida no de la experiencia directa del ser humano con su entorno, sino del imaginario colectivo del que participa en tanto que miembro de una comunidad. Contiene, por tanto, imágenes que se transmiten de generación en generación como un cuerpo cerrado de verdades “incontestables” (Perceval, 1995) o, cuando menos, como verdades no sujetas a verificación por entenderse como “naturales” fruto del proceso de socialización (Berger y Luckmann, 1995). Entre tales imágenes se encuentran los estereotipos, imágenes formadas por generalizaciones y/o burdas exageraciones de ciertas características atribuidas a otros. En el caso que nos ocupa, la imagen de la inmigración en España parece estar fuertemente atravesada por estereotipos atribuidos a ciertos inmigrantes que encubren importantes prejuicios negativos hacia ellos (Blanco, 2000). Allport alerta sobre el papel que los medios de comunicación de masas ejercen sobre la reproducción de los prejuicios: “reciben (los estereotipos) apoyo social de nuestros medios de comunicación de masas, que los reviven continuamente e insisten sobre ellos” (Allport, 1977: 224). No es sorprendente pues, que en su análisis del tratamiento de la inmigración marroquí en los medios de comunicación, Antolín Granados concluyera que: “los medios de comunicación españoles y, en particular, la prensa escrita, proyectan imágenes generales, genéricas y generalizadas de la inmigración económica extranjera (imágenes en las que predominan los rasgos negativos) cuyo perfil concuerda con demasiada frecuencia con el del inmigrante de origen marroquí.
Esto ocurre porque los migrantes marroquíes son tratados por lo general en la prensa escrita por su condición de “súbditos” marroquíes —contrarios a nuestros intereses agrícolas o pesqueros y enemigos de nuestra integridad territorial—, en su condición de musulmanes —fieles al Islam, fanáticos, conflictivos, violentos, machistas—, en su condición de trabajadores, que pueden competir con los autóctonos, y, finalmente, en su condición de “pre-modernos” —contrarios a la modernidad europea, al progreso y al bienestar social y económico representado por las democracias parlamentarias del “Primer Mundo”(Granados, 2004).

