COORDENADAS COMUNES

La vecindad de dos países posibilita flujos e intercambios de diversa índole entre ellos, por muy herméticas que sean sus fronteras y diferentes sus estructuras respectivas. Todas las culturas humanas se han caracterizado por su permeabilidad a los influjos de otras, independientemente de sus diferencias intrínsecas. Ahora bien, el grado en que lo hacen es variable en función de las circunstancias, pueblos concernidos y épocas. Contra lo que pudiera parecer, no siempre culturas muy próximas contactan y se influyen entre sí en mayor medida que otras más distantes. Multitud de factores: políticos, bélicos, religiosos, económicos, nivel de infraestructuras, … explican la mayor o menor predisposición a establecer lazos comunicativos e intercambios materiales y de información entre los diversos pueblos.
En el caso de España y Marruecos, nos encontramos con un espacio fronterizo o de vecindad, según quiera apreciarse, con dos culturas diferentes: la occidental y la islámica. No son incompatibles entre sí, pero ha de admitirse que cada una cuenta con un grado de especificidad muy notable respecto a la otra. España tiene fronteras con otros vecinos de su mismo ámbito cultural occidental: Portugal y Francia. Marruecos, por su parte, comparte límites territoriales con dos vecinos de cultura islámica: Argelia y Mauritania. Pese a esta situación, no puede decirse que las relaciones entre España y Portugal, de un lado, o entre Marruecos y Argelia, de otro, tengan necesariamente que ser más fáciles, fluidas e intensas que las relaciones posibles entre España y Marruecos. Frecuentemente en la historia, los vecinos más cercanos culturalmente tienden a crear problemas entre ellos, generalmente por cuestiones de hegemonía política y de rivalidad por controlar un territorio que los dos consideran como propio. En cambio, los que tienen menos similitud cultural tienden a respetar el territorio del otro y las relaciones se establecen buscando beneficios mutuos. En este sentido, los dos países que comparten el Estrecho de Gibraltar disfrutan a menudo de un grado de relaciones diplomáticas o económicas superiores a las que podrían contemplarse entre España y Portugal o entre Marruecos y Argelia. Por lo que se refiere a estos dos últimos Estados, la indiferencia y desconfianza a nivel de relaciones exteriores, junto con la escasez de intercambios comerciales mutuos, ha sido característica desde hace siglos, pese a su cercanía cultural. Por el contrario, aunque los litigios territoriales han motivado crisis diplomáticas y enfrentamientos bélicos, entre España y Marruecos nunca ha habido indiferencia y sí un enorme interés por la situación interna del otro, al tiempo que los flujos comerciales cada vez son más importantes.
Aparte de lo dicho, las vicisitudes históricas han determinado un nivel comunicativo y de flujos humanos, intelectuales y materiales entre España y Marruecos bastante rico y extendido en el tiempo. Aunque se inscriba a España dentro de la cultura occidental y a Marruecos en el seno de la civilización islámica, lo cierto es que los dos países comparten el límite que separa a los dos mundos. Este límite ha sido fluctuante a lo largo de los siglos, de modo que España, al menos una parte importante de ella, estuvo integrada en el conjunto del Islam durante la Edad Media, por lo que la cultura islámica no es completamente ajena a la idiosincrasia del pueblo español. Marruecos, por su parte, ha estado sometido al dominio occidental en la época contemporánea, durante el período de Protectorado, ejerciendo asimismo una impronta reseñable en algunos aspectos de la personalidad marroquí de nuestros días, por no hablar de otras presencias occidentales en otras épocas, como el hecho de la romanización en la franja costera mediterránea marroquí, por citar sólo el ejemplo más ilustrativo.
En definitiva, existe una experiencia histórica común entre España y Marruecos que les ha hecho receptores de unos mismos componentes: fenicios, cartagineses, griegos, romanos, bizantinos, árabes.., de intensidad variable, superpuestos a otros que son específicos de cada uno de ellos. Esta experiencia compartida fue tan evidente en algunos momentos que los dos espacios territoriales llegaron a pertenecer a una misma realidad política, como su integración en la estructura del Imperio Romano, o durante el dominio de los almorávides y almohades a ambos lados del Estrecho. Esta realidad histórica hace que España sea, en cierto modo, “menos occidental” que otras naciones de su ámbito cultural y que Marruecos presuma de un modelo de vida peculiar respecto a otros países islámicos. Siendo las culturas predominantes respectivas diferentes, hay importantes elementos de convergencia y de identidad que son similares, tanto en la orilla norte como en la franja sur del Estrecho de Gibraltar. España y Marruecos comparten indefectiblemente las aguas del Mediterráneo, mar que históricamente ha establecido nexos entre todos sus pueblos y ha generado dinámicas culturales próximas. Habría que preguntarse si en el fondo la cultura de ambos países no sería la común mediterránea y muchas de las diferencias observables son de índole verdaderamente cultural o responden al distinto nivel de desarrollo socioeconómico y configuración política de cada Estado.
Por la aludida experiencia histórica común, por la cercanía geográfica y por avatares diversos, lo cierto es que hoy día podemos apreciar rasgos culturales compartidos entre España y Marruecos. En los siguientes apartados, procedemos a señalar los principales nexos de esos rasgos que españoles y marroquíes sienten como específicos de cada uno de ellos y que forman parte de su acervo identitario en relación a otros países de su entorno.

