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Modo de Vida y Costumbres

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Modo de Vida y Costumbres

 

 

Mercado de MeknesLa antropología ha señalado los múltiples paralelismos existentes entre los diversos pueblos mediterráneos. Los contactos e intercambios producidos desde tiempos remotos ha acostumbrado a cada pueblo a ser amable con otros, facilitando con ello el flujo comercial, frente a otras regiones del planeta en que el contacto con el extranjero se hace desde la antipatía, indiferencia o desconfianza. La afabilidad de los pueblos mediterráneos no se explica solamente en función de perseguir fines prácticos como el fomento del mercado. Responde también a un carácter menos individualista, dado que son pueblos sociables por haberse estructurado en tribus o comunidades  en que la máxima jerarquía está constituida por el grupo y se articula en el predominio del colectivo sobre el individuo. Esta sociabilidad se mantiene hoy día en el hecho de que una parte importante de la vida se realiza en la calle, en los bares y cafeterías; en todo caso, en el exterior del hogar, acompañados de amigos o colegas de trabajo. En los países nórdicos, en cambio, predomina el carácter individualista y la vida doméstica. Aparte del contacto humano entre muchos pueblos, las condiciones climáticas y ambientales determinan estos rasgos de comportamiento en los pueblos mediterráneos.

 

Las poblaciones meridionales y levantinas españolas presentan estos elementos antropológicos y sociológicos, comunes a sus vecinos de la otra orilla del mar. El bullicio de las calles, el gusto por la vida nocturna, el recogerse tarde en casa, las celebraciones festivas comunitarias con jolgorio, el elevado ruido ambiental general y, por todo ello, la mayor suciedad de las calles son características visibles.

 

Hay aspectos que desde una perspectiva individualista se comprenden poco o se rechazan, por atentar contra la libertad de la persona, y que también están presentes en las sociedades española y marroquí. Son aspectos derivados del influjo superestructural del grupo sobre cada miembro particular del mismo. Entre ellos, podemos citar el hecho de la fuerte consideración que la opinión de los demás tiene sobre el comportamiento individual, lo que en niveles mayores representa la patología de “el miedo al que dirán”, obligando a las personas que tienen una conducta rechazable socialmente a ocultarlas, debiendo comportarse y opinar en público con hipocresía y disimulo. En cierta medida, esta realidad es universal en todas las sociedades humanas y esencial para su supervivencia como tales. Sin embargo, alcanza mayor repercusión en los pueblos mediterráneos y en aquellos en que predomina el sentimiento tribal, familiar o colectivo.

 

Las religiones monoteístas, que buscan la homogeneización en el comportamiento social, han contribuido a intensificar la presión de la opinión colectiva sobre el individuo. Desde cierto punto de vista, esto fomenta la solidaridad entre las personas y la ayuda mutua, tanto mayor cuanto en peores condiciones materiales vive la población. Desde otra perspectiva, puede percibirse como una imposición a las diferencias individuales. Esto incide en la menor tolerancia hacia la libertad sexual, por ejemplo, y a la represión social de las conductas no admitidas. En los pueblos más individualistas, esta materia se considera constitutiva de los derechos de las personas, siempre que no impliquen el dominio o violencia contra otras, y la sociedad suele ser más respetuosa con los gustos y comportamientos individuales. La represión política, la ausencia de sistemas democráticos durante mucho tiempo y los condicionantes religiosos han sido fundamentales para la pervivencia de ese temor a la opinión ajena.

 

Mujer en MarrakechLa diferente configuración religiosa actual entre los dos países parece haber generado grandes diferencias en el modo de vida y las costumbres. Una observación atenta permite apreciar paralelismos por encima de las mismas. La situación de la mujer en Marruecos, atribuida al Islam, no ha sido muy distinta entre las dos orillas, en las que el machismo siempre ha predominado. Hasta hace relativamente poco tiempo, era frecuente ver a las mujeres españolas salir con pañuelo a la calle, ocultando su cabello, sobre todo si acudían a ceremonias religiosas. La consideración social de la calle como espacio masculino y el hogar como campo de dominio femenino ha estado presente en la cultura española. Lo que sucede es que Marruecos ha evolucionado mucho menos socialmente porque su estructura económica no ha sufrido tantas transformaciones y la emergencia de doctrinas tradicionalistas, como el islamismo, tratan de imponer en el presente la realidad idealizada de un pretendido pasado. España, en cambio, ha vivido grandes transformaciones determinadas por su elección por el liberalismo político-económico y su inclusión en Europa, adoptando esquemas típicos del individualismo nórdico y de primar los derechos particulares (inspirada en la Declaración de los Derechos Humanos) sobre los colectivos.

 

Las diferencias impuestas por la religión son a menudo más aparentes que reales. Esencialmente, el Cristianismo y el Islam coinciden en el dogma fundamental y se diferencian en los aspectos formales de culto y temas doctrinales menores. Desde una perspectiva antropológica, el comportamiento de acudir al rezo colectivo en domingo o bien en viernes no es muy distinto; el hecho fundamental es que se destina un día semanal para el rezo, el descanso y la fiesta. En el sur de España son populares las romerías a la ermita de una virgen o un santo, mientras que en Marruecos muchos realizan peregrinaciones a morabitos o tumbas de personajes de gran respeto. Durante la romería, antes de llegar al punto de destino, y durante las peregrinaciones a tumbas y morabitos se llevan a cabo fiestas, comidas y actuaciones que no son muy disimilares. Cambia el objeto final de culto, pero el procedimiento (que es lo fundamental) viene a significar lo mismo. De hecho, muchos participan sin tener auténtica fe religiosa, lo hacen por tradición y por la diversión que les reporta. Romerías y peregrinaciones se corresponden con prácticas antiquísimas de muchos pueblos mediterráneos que las religiones monoteístas formalizadas no han podido evitar, pese a intentarlo. Lo que han hecho ha sido cristianizar esas prácticas en la Península Ibérica e islamizarlas en el Magreb.

 

Ceremonias sociales tan importantes como el matrimonio y los funerales son esencialmente las mismas, independientemente de su realización en una iglesia, en un juzgado o una casa particular. La solicitud del novio hacia la novia o la participación de los padres como forjadores del enlace son comunes en España y Marruecos. Aunque en el primer caso el avance de las libertades hace que los hijos se casen sin necesidad del consentimiento de los padres, sin embargo se suele mantener la ceremonia de la pedida de mano, en que los padres del novio solicitan el matrimonio para su hijo a los padres de la novia, recuerdo de la época de los matrimonios concertados e impuestos de los padres a hijos, que se mantiene socialmente vigente en Marruecos. El matrimonio islámico exige el pago de la dota del varón a la mujer. Cierta similitud existe en el matrimonio católico español con el ritual de las arras, esto es, monedas con que el marido “compra” a su esposa, aunque algunos prefieren verlo como un simbolismo de abundancia futura.

 

Mausoleo de Mohamed V (Rabat)Tanto en un lado como en el otro del Estrecho, se prefiere el enterramiento de los muertos en un cementerio a su incineración, propio de otras culturas. Los límites de espacio con que cuentan las grandes ciudades actuales está imponiendo un cambio cultural a favor de la incineración. Las diferencias son meramente formales, limitadas a la orientación que debe tener el cadáver dentro del ataúd o su indumentaria postmortem. Aunque a la ortodoxia religiosa no le parece aceptable, existe cierta tendencia en el Magreb a edificar mausoleos para personajes principales y muy estimados por la comunidad, o bien tumbas especialmente significadas, al igual que sucede en los cementerios católicos españoles, contraviniendo la extrema sencillez y humildad que el muerto debe mostrar en su camino hacia Dios, predicada por el Islam.

 

En ciertos aspectos, y esto frecuentemente se ha señalado, Marruecos conserva hoy día elementos culturales y comportamientos sociales que España ha tenido en la mayor parte de su historia, pero que ha ido perdiendo. El intenso proceso modernizador de la España actual, garantizado por las ayudas económicas y por la pertenencia a la Unión Europea, producido en los últimos treinta años, ha afectado a tradiciones y normas de comportamiento. Europa es el modelo imitativo a seguir.

 

Por lo que respecta a Marruecos, no ha vivido tantas transformaciones. El sistema político continúa siendo el mismo, evolucionando desde su propio interior. La economía no ha podido transformarse en la medida que lo ha hecho la española, y tampoco ha habido voluntad política de hacerlo. Por tanto, la evolución de la sociedad marroquí tiene un ritmo más lento que la española por disponer de menos posibilidades de cambio. La cultura española evoluciona hacia un mayor grado de individualismo. En el plano positivo esto favorece el respeto a las libertades de las personas y a tolerar formas de convivencia que se limitan al espacio íntimo de las personas, sin perjudicar el conjunto del entramado social. En el negativo, puede disminuir el calor humano hacia los demás e incrementar la indiferencia. Marruecos mantiene esencialmente los aspectos tradicionales. Pero se trata, en definitiva, de una cuestión de enriquecimiento en la orilla norte del Mediterráneo y de pobreza no resuelta en el sur. Cuando el país magrebí dé un salto importante en su proceso de construcción económica y de modernización de estructuras, es muy probable que ello condicione los comportamientos colectivos. Esto es lo que ha ocurriendo en las regiones que se han enriquecido rápidamente y al mismo tiempo se han liberalizado políticamente.

 


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