Arte y Arquitectura
En el campo del arte, especialmente el arquitectónico, es donde se visualiza mejor la identidad compartida en muchos de los elementos y rasgos utilizados que presenta las culturas marroquí y española. Desde la antigüedad y hasta la época actual es posible contemplar numerosos ejemplos de formas comunes en la concepción, materiales utilizados, disposición, decoración y fines perseguidos en el campo del arte y de la construcción en general. Los siguientes epígrafes condensan, en grandes unidades temporales, la evolución de los modelos articulados y las influencias artísticas, muy especialmente arquitectónicas, que se da entre las dos orillas del Estrecho.
Las construcciones romanas
Los dos países cuentan con muestras importantes de arte romano, testimonio de haber compartido un destino común durante varios siglos en la antigüedad. Las ruinas romanas del norte de Marruecos, junto con los teatros o anfiteatros, en Argelia, Túnez y Libia, en algunos casos en mejor estado de conservación que los que se encuentran en España o Italia, ejemplifican muy bien los lazos entre las dos riberas del Mediterráneo bajo un mismo impulso civilizador. La diferencia mayor estriba en que la romanización fue muy intensa en la Península Ibérica y limitada a las regiones costeras en el caso del Magreb; sin embargo, el peso de Roma se sintió con firmeza en las dos orillas, hasta el S. V tanto en una como en otra. Cruzando el Estrecho, es posible admirar las huellas de un pasado, el de la época romana, que resulta muy familiar a los pueblos meridionales de Europa, época tenida como elemento constituyente de la formación de la civilización occidental, junto con la de Grecia. Una visita a Marruecos, al resto del Magreb, e incluso a países más alejados, como Siria y Jordania, permitiría observar cómo el hecho “civilizador” que suele adjudicarse a los romanos no es exclusivo de Europa y mejor sería hablar de un imperio eminentemente mediterráneo que condicionó el modelo de vida al norte y sur de dicho mar.
Huellas romanas encontramos diseminadas por el norte de Marruecos. El conjunto de Volúbilis (30 kms al norte de Meknes) es el más importante de todos. Se conserva el foro y los cimientos de la mayor parte de lo que fue la urbe romana, aparte de mosaicos, restos escultóricos, monedas, ánforas y otras piezas. También se conservan restos arqueológicos de lo que fue la colonia de Iulia Valentia Banasa, en la orilla izquierda del Sebú, donde se descubrieron escrituras sobre cohortes romanas. En Tetuán, Tánger, Asila, Alcazárquivir y otros lugares subsisten igualmente algunas manifestaciones de la época romana.
Arte islámico
Cuando se habla de manifestaciones artísticas compartidas entre España y Marruecos, todo el mundo piensa muy especialmente en el arte islámico, sobre todo en su arquitectura. Por lo que respecta al país magrebí, el Islam es el principal elemento forjador de su cultura, sobre todo por su larga duración, desde finales del S. VII y hasta la actualidad. En lo referente a España, los ocho siglos de presencia de una entidad político-administrativa islámica, conocida como al-Andalus (desde el 711 hasta 1492, con un epílogo que se prolongaría hasta 1614, con importante presencia islámica sin apoyo institucional), superan el período de tiempo de dominación romana, considerado éste habitualmente como el elemento de mayor contribución a la formación de la cultura hispana. Implantada una sociedad islámica, sobre todo en el sur y este de la Península Ibérica, durante tanto tiempo, es lógico que abunden las huellas de su pasado y todavía hoy sigan ejerciendo un cierto influjo. La sociedad islámica hispana mantuvo numerosas relaciones con la del otro lado del Estrecho, con dominio estratégico alternativo de al-Andalus o de los poderes políticos magrebíes, pero el hecho de formar parte ambas de un marco de civilización común, determinó que el arte, en prácticamente todas sus manifestaciones, fuese esencialmente el mismo.
El arte islámico se caracteriza por el predominio casi absoluto de la arquitectura, civil y religiosa. Mezquitas, alcazabas, alcázares, alhóndigas, alcaicerías, torres atalayas, murallas, rábitas y otras construcciones se diseminaron en numerosas ciudades, poblaciones y puntos estratégicos de la Península Ibérica y de Marruecos siguiendo el mismo modelo y fines constructivos. La riqueza y grandeza de al-Andalus, sobre todo en la época del emirato y califato cordobés, influyó en las imitaciones que se hicieron en Marruecos de la gran Mezquita omeya de Córdoba, sobre todo en las ciudades del norte del país, como el caso preferente de Fes, el núcleo de población más importante de Marruecos contemporáneo al dominio de los emires y califas andalusíes. Esta ciudad, además, acogería gratamente a varios miles de cordobeses, expulsados de al-Andalus tras una rebelión contra el emir en el año 818, constituyendo uno de los dos barrios fundadores de Fes y fomentando en el país de acogida el sistema de vida y los logros culturales que se habían desarrollado en la capital de los omeyas.
Son numerosas las mezquitas marroquíes que se inspiran en la de Córdoba, que a su vez reproduce el estilo propio de las mezquitas sirias. Pero no siempre la inspiración va de al-Andalus a Marruecos. Durante el dominio de las dinastías beréberes de los almorávides y almohades (finales del siglo XI hasta mediados del XIII), la ciudad de Marrakech, fundada por los primeros, sería el centro de un imperio que aglutinaría buena parte de todo el norte de África y al-Andalus. Como capital de este espacio geopolítico, esta ciudad irá edificándose para mostrar el poderío y esplendor de sus gobernantes, al tiempo que la cultura que en ella se desarrollaba irradiará sobre el resto de ciudades bajo su dominio, por la influencia que la capitalidad ejerce sobre el resto de poblaciones en la mayoría de las sociedades humanas. De esta manera, el modelo arquitectónico de almorávides y almohades se extenderá desde Marrakech a ciudades como Rabat (fundada por los almohades), pero también a Sevilla, Jerez de la Frontera y otras ciudades andalusíes.
La muestra prototípica de esta influencia la encontramos en tres alminares que los alarifes almohades edificaron, casi de forma gemela y, por tanto son casi idénticos, en Marrakech, Rabat y Sevilla: el de la Mezquita Qutubiyya, la Torre Hasan y la Giralda, respectivamente. Además, las dinastías beréberes se embarcaron en una política defensiva importante, amurallando el perímetro de numerosas poblaciones. Restos de murallas de este período quedan en Sevilla, Jerez de la Frontera, Galisteo, Cáceres y un número apreciable de pueblos meridionales españoles, con un sistema defensivo castrense muy similar a las de las poblaciones marroquíes. Dentro de la estructura de amurallamiento, se edificaban torres de mayor altura y grosor, con elementos decorativos, que servían como puntos de vigilancia especiales. La Torre del Oro de Sevilla, también de la época almohade, es el principal resto de este tipo de edificaciones.
Los últimos siglos de al-Andalus (entre el S. XIII y finales del S. XV) se corresponden con la época del reino nazarí de Granada. Este reino islámico fue débil en lo político pero muy dúctil en lo cultural. La Alhambra de Granada, residencia palaciega y defensiva de sus gobernantes, es de una belleza espectacular que ha encandilado a los que la han observado. La conquista de Granada en 1492, por parte de los reinos cristianos de Castilla y Aragón, puso fin a la existencia de una entidad política islámica en la Península Ibérica, pero determinó el exilio a Marruecos de muchas familias andalusíes, nobles, intelectuales y artistas.
La Alhambra inspirará la construcción de los complejos palaciegos de los sultanes y de las familias poderosas, fueran o no de origen andalusí, en Marruecos, ya en la época de los meriníes (S. XIII-XVI), pero sobre todo a partir del S. XVI. Los elementos decorativos de salas y baños, con los mocárabes, taraceas, figuras de yeso, mampostería, etc., típicamente nazaríes, se reproducen con gran fidelidad en alcazabas, alcázares, mezquitas, morabitos y otras edificaciones de Fes, Meknés (Mequínez), Rabat y Marrakech, por citar sólo las ciudades más conocidas. La medersa de Abu Inán de Fes y la medersa Ben Yusuf de Marrakech son claros ejemplos de arquitectura marroquí inspirada en los motivos de la Alhambra. Los jardines del Generalife granadino influyeron igualmente en huertas palaciegas y casas de recreo en numerosos lugares de Marruecos.
Se han citado únicamente los ejemplos típicos en toda reseña fugaz sobre arquitectura islámica española y su correspondiente marroquí. Pero ha de hacerse hincapié en el hecho de que restos, algunos importantes, de la misma se encuentra diseminada en numerosas poblaciones españolas de toda Andalucía, Murcia, Valencia, Extremadura, Castilla- La Mancha y Aragón, tanto en sus capitales como en decenas de poblaciones medias. Estos restos a menudo sobreviven por su utilización en épocas posteriores a la de al-Andalus, transformándose como elementos de otras construcciones. La misma Giralda subsiste como campanario de una catedral. Numerosos alminares se reconvierten en torres de iglesias, después de la destrucción de las mezquitas para adaptarlas al culto cristiano. En Toledo, Teruel, Zaragoza y muchas poblaciones extremeñas, levantinas y andaluzas sus iglesias conservan el alminar de las edificaciones islámicas, pero también patios, naves y otros elementos.
Por otro lado, la influencia de la arquitectura islámica no se circunscribe en España solamente a las construcciones andalusíes de cualquier época, sino que se extiende a la arquitectura cristiana en catedrales, iglesias y edificios civiles, que se construyen con un fuerte influjo del arte islámico. Esto ocurre sobre todo en la utilización y disposición del ladrillo, arcos y capiteles, decoración con yeso, etc. Se trata del estilo mudéjar, que se ha dado a lo largo de varios siglos, especialmente en los siglos XV y XVI, en plena época renacentista. Arquitectura mudéjar encontramos en el sur de España y en el norte, en Teruel, en todo el casco urbano antiguo de esta ciudad, en ciudades leonesas... Sus huellas se aprecian en el Alcázar de Segovia, Los Reales Alcázares de Sevilla, la Iglesia del Tránsito de Toledo, la Iglesia de San Dionisio de Jerez, etc.
Pero el mudéjar se ha convertido en un sustrato islámico permanente en la arquitectura española, que renace continuamente. Así, a finales del siglo XIX y a lo largo del XX se edifican varios tipos de construcciones que reciben el nombre de estilo neomudéjar. En concreto, son numerosas las plazas de toros españolas bajo este estilo, entre ellas la Plaza de las Ventas de Madrid o la Monumental de Barcelona. La de Granada, por ejemplo, recuerda particularmente a algunos edificios de Marruecos, inspirados a su vez en la arquitectura nazarí. Aparte de los fosos taurinos, se edifican cines, teatros, hoteles y edificios públicos. Entre ellos, cabe destacar el Teatro Falla y el patio del Casino Gaditano de Cádiz y el edificio de Correos de Zaragoza. Salones de inspiración islámica los encontramos en los ayuntamientos de Utrera y Bilbao, el de la Condesa de Lebrija en Sevilla y, en particular, el salón marroquí del Museo del Ejército de Madrid. Dentro de edificios de otros estilos, se reserva un espacio para recrear el viejo al-Andalus o el presente Marruecos, como sucede en el casino de Cádiz. Incluso en acontecimientos importantes, como fue la Exposición Hispanoamericana de Sevilla de 1929, para la que se construye el Pabellón Mudéjar.
Arquitectura colonial española y contemporánea en Marruecos
La presencia colonial española en Marruecos (1912-1956) determinó la creación en el país magrebí de espacios arquitectónicos según el modelo constructivo típicamente español. Se edificaron edificios y barrios para alojar y dar servicios al personal militar y civil que desde España se trasladó a vivir al otro lado del Estrecho. Al mismo tiempo, la atención de algunas necesidades de infraestructuras por parte de la población marroquí se hizo también mediante construcciones basadas en el modelo hispano. De esta forma, en Tetuán, Arcila, Larache, Chauen, Nador, Ifni, incluso en la ciudad internacional de Tánger, se hicieron diversas construcciones como iglesias, hospitales, centros administrativos, hoteles, teatros y plazas de toros. Algunas poblaciones marroquíes cuentan con una plaza principal y su ayuntamiento, erigidas en esta época, muy similares a las de las ciudades pequeñas españolas.
En la actualidad, arquitectos españoles siguen inspirándose en la arquitectura tradicional marroquí para confeccionar sus edificaciones y construirlos tanto en España como en Marruecos, o bien imitando formas constructivas árabes de antaño, lo que se denomina el arte neoárabe, presente primero en Marruecos y que se está extendiendo también en algunas edificaciones españolas, al calor de la creciente presencia de población magrebí en algunas regiones peninsulares, y que cuentan también con planificadores del país vecino. A su vez, artistas españoles se están presentando a concursos patrocinados por la Administración y particulares marroquíes con el fin de presentar proyectos, algunos ya ejecutados, basados en la arquitectura contemporánea, que contribuyan a ofrecer un aire de modernidad en las zonas de expansión de las ciudades, complementando el mantenimiento de las formas tradicionales en el centro de las medinas. La construcción de puentes y otras infraestructuras se están realizando hoy día en algunos casos por los mismos trabajadores, los mismos arquitectos y una misma concepción, pudiendo verse a ambos lados del Estrecho un mismo esquema en este tipo de obras. Por tanto, la cooperación creciente, facilitada por los Ministerios de Vivienda y Fomento de los dos países, asegura el mantenimiento de un flujo de intercambio cultural en el terreno de la arquitectura y el urbanismo, por lo que los espacios compartidos en esta materia, notables en su número e importancia, seguirán ampliándose en el futuro.
Urbanismo
No sólo existe un espacio arquitectónico común entre España y Marruecos. El entramado urbano de muchas poblaciones meridionales españolas y septentrionales marroquíes siguen una misma concepción, siendo unas veces contemporáneas en el tiempo y otras se han realizado por el influjo de uno sobre otro. El carácter montañoso de la Península Ibérica y de una parte considerable de todo Marruecos, junto con una experiencia vital similar en cuanto a hechos de armas y necesidades defensivas, por no reiterar los momentos históricos compartidos, ha favorecido la creación de núcleos urbanos en las cimas y laderas de las montañas.
Con frecuencia, en la cima del monte se edifica una alcazaba o un castillo y debajo de ellos el núcleo urbano propiamente dicho. Este núcleo urbano a menudo se encuentra amurallado, subsistan o no hoy día las murallas. Dentro de su recinto, se suceden las calles y callejuelas, irregulares, a veces laberínticas, sin una disposición verdaderamente planificada. Las calles suelen ser estrechas para proteger del viento, del sol y de la lluvia, y también para ahorrar espacio donde aglutinar al mayor número de personas en el menor perímetro posible, facilitando la defensa, al tiempo que la irregularidad del trazado urbano dificulta la acción de los invasores. Las viviendas, de varias alturas, pero no muchas, hechas en adobe o ladrillo, suelen estar encaladas, con un blanco característico y un tejado árabe, o bien un sistema de azoteas que permite regular las altas temperaturas, buscar un espacio aireado con el que sortear la estrechez de las calles y poder utilizar el agua de lluvia.
La organización social basada en la familia extensa, común durante muchos siglos a ambos lados del Estrecho, y la necesidad de preservar su intimidad frente a un exterior densamente poblado, explica la disposición de viviendas en torno a un patio común (el patio de vecinos), con flores y un aljibe para obtener agua del subsuelo. Se accede al patio desde el exterior mediante una entrada que suele tener un zaguán (en Cádiz el mismo recibe el nombre de casa-puerta), que lo separa discretamente del bullicio de la calle. El patio suele estar a cielo descubierto, y a su alrededor se suceden las diferentes viviendas o estancias. Desde ellas es fácil observar el exterior como difícil ver desde fuera su interior.
La mayoría de los pueblos y ciudades españoles, en su casco histórico, presentan este desarrollo urbanístico, al igual que el norte marroquí, común a muchos países del Mediterráneo. No puede decirse que se deba tanto a un influjo desde un lado a otro del Estrecho, sino más bien al hecho de que el clima es parecido en la mayoría de regiones mediterráneas y sus diversos pueblos han vivido vicisitudes históricas muy parecidas durante largas centurias. Se trata de un trazado urbano netamente mediterráneo, coherente con el espacio y con la forma de vida de la mayoría de las poblaciones y que supone uno de los mayores elementos de unidad entre pueblos que hoy día se expresan en diferentes lenguas. Así, por ejemplo, el casco antiguo de Cádiz presenta en general esta disposición, sin que ello se deba a influencias de la civilización islámica, como podría pensarse respecto a otras poblaciones andaluzas que prosperaron en la época de al-Andalus y en la que se edificaron sus medinas, como el Albaicín granadino.
Mobiliario y artesanía
Por lo que se refiere al mobiliario y enseres domésticos, la similitud es el rasgo definitorio en las viviendas tradicionales del sur peninsular y de Marruecos. La loza y todo el instrumental al servicio de las cocinas se suele guardar en un mueble que recibe el nombre de alhacena, que sirve también para guardar otros objetos. La ropa y los tejidos se guardan en baúles. La comodidad del hogar se asegura con el empleo de sofás o divanes, con cojines, suelo alfombrado y tapices.
En Marruecos, la presencia de mesas y sillas es menos frecuente que en España, sentándose los comensales a menudo en el suelo, sobre alfombras y cojines. Una razón de esta diferencia no es tanto cultural, como el hecho de que la madera es menos abundante en Marruecos, como ocurre en otras regiones del sur del Mediterráneo, debiéndose limitar su utilización para las necesidades más imprescindibles. El cuero, que ha generado en Marruecos una importante industria, tiene usos diversificados y se asemeja a los curtidos de algunas localidades andaluzas, como el famoso de Ubrique. La artesanía marroquí, aun siendo original y específica, guarda paralelismos con la nazarí, y aun la califal cordobesa. En Granada sigue utilizándose las formas artesanales nazaríes, aunque en los últimos años se está fusionando con la procedente de Marruecos. Rasgo común de la artesanía popular marroquí y la meridional española es que sirven conjuntamente a dos fines: decoración y utilidad, que van íntimamente ligadas. Tal vez por esta razón son muy estimadas.
Es importante reseñar la abundancia de términos árabes que la lengua española emplea para hacer referencia a construcciones, elementos y agentes constructivos, urbanismo y mobiliario. Junto con arquitecto, puede decirse alarife. Los que edifican son los albañiles. En la cima de los montes se erigen alcazabas, alcázares y alcalás. Dentro de los núcleos urbanos, la medina constituye la parte central y tradicional, mientras que en la periferia se levantan los arrabales. La entrada a las viviendas se hace mediante un zaguán. Cada vivienda cuenta con varias alcobas y en ellas se dispone el mobiliario como alhacenas, aljofainas, sofás, divanes, alfombras… por señalar tan sólo los elementos más sobresalientes de entre varios cientos de ellos. El barro es el material tradicional para envasar, cocinar y adornar, hasta la extensión de la cocina moderna metalizada y los nuevos gustos estéticos. Todo lo relacionado con botijos, cántaros, macetas, etc. corresponde al oficio antiguo, existente en todo el arco mediterráneo, de la alfarería.

