Perspectivas
El esquema de las relaciones actuales entre España y Marruecos está determinado, cada vez más, por la pertenencia de España a la Unión Europea (UE) desde 1986. Esta institución ya no se limita al establecimiento del libre comercio y circulación entre los países de Europa, sus competencias se extienden a numerosos aspectos de las relaciones internacionales, derechos humanos, etc. Asuntos que antes se trataban bilateralmente entre los gobiernos español y marroquí ahora se hacen a través de la UE. Por ejemplo, el tema de la pesca y el comercio de productos agrícolas ya no es competencia como materia de negociación del Estado español, sino de los organismos de la UE, como la Comisión Europea. Sobre temas de seguridad e inmigración, la UE está acumulando competencias importantes.
La tendencia prevista es que la dinámica de las relaciones entre España y Marruecos se inscriban dentro de las estrategias diseñadas por la UE en la mayoría de las grandes cuestiones. En este sentido, hay que resaltar que Marruecos, aunque no pertenece a la Unión, es país asociado a ella y cuenta con importantes privilegios, más todavía desde 2003 con el establecimiento del “Partenariado Euromediterráneo” y la Política de Vecindad, que la UE está impulsando en los últimos años para desarrollar social y económicamente los países de la ribera sur del Mediterráneo. La implicación de Marruecos con la UE está alcanzando tal proporción que algunos piensan que a largo plazo puede que se incorpore como miembro de la Unión, una vez resueltos tres temas concretos: el problema del subdesarrollo socioeconómico, cuestiones relativas a la organización política del Estado, muy especialmente el grado de democratización efectiva, y la cuestión del estatuto del Islam dentro del Estado.
Marruecos y España han trazado una historia común durante mucho tiempo. Se produce un apreciable desencuentro durante la época moderna y contemporánea, período en el que, junto a las diferencias políticas y religiosas, habría que añadir un desarrollo social y económico muy divergente entre las dos orillas, base sin duda de las grandes diferencias actuales. Como dato elocuente de esta realidad, la proporción de riqueza entre los dos países es de 15 a 1 a favor de España. Esta desigualdad en los niveles de vida es superior a la que existe en otras regiones fronterizas del mundo, como es el caso de EE.UU. y México.
Los últimos treinta años marcan una nueva fase de reencuentro entre los dos países, de relaciones en ritmo ascendente, con intercambios comerciales muy importantes. Hoy España es el principal inversor que tiene Marruecos, junto con los países petroleros del Gofo, desplazando a Francia en esta consideración. El contacto humano se ha intensificado en los últimos años por la llegada importante de inmigrantes marroquíes para trabajar en la economía española, mientras que el turismo de españoles a Marruecos se incrementa paulatinamente. Los intereses comunes de pertenencia al mundo mediterráneo son más evidentes que nunca.
Finalmente, la aspiración de Marruecos a integrarse cada vez más en las estructuras de la UE, hace que, en lo esencial, los dos países tengan planteamientos coincidentes en la mayoría de las grandes cuestiones y al mismo tiempo supone una salvaguarda para que los litigios bilaterales que puedan surgir se traten siempre desde el respeto y la amistad. Si en otras épocas las relaciones vecinales no eran fáciles, la actual marca unas coordenadas y desafíos que obligan a una necesaria cooperación y a que los problemas de uno sean percibidos como propios por el otro. El futuro, por tanto, parece garantizar un “estrechamiento” entre las dos orillas. El símbolo de ese futuro de hermanamiento vecinal, solidaridad y cooperación tal vez se materialice cuando se ejecute el proyecto de conexión ferroviaria a través de un túnel bajo las aguas del Estrecho. En ese entonces, a partir de 2020, ya no sólo el mar seguirá uniendo y los dos países podrán entrecruzarse rápida y cómodamente, sobre todo facilitando el contacto humano entre los dos pueblos.

