Época Antigua y Medieval
La España meridional y mediterránea ha vivido vicisitudes parecidas a las del norte de Marruecos durante una porción muy importante de la historia. Fenicios, cartagineses, griegos, romanos, bizantinos y árabes han establecido, en mayor o menor medida e intensidad, espacios comunes entre las dos partes. Los restos romanos en el norte de África, algunos de gran valor y no siempre bien conocidos en Europa, siguen las mismas directrices que los que encontramos en España. Algunos monumentos islámicos de Sevilla o Granada son casi gemelos a los de Marrakech o Fes. Desde el primer milenio antes de nuestra era, probablemente desde antes, tenemos atestiguados movimientos humanos e intercambios materiales entre el sur de la Península Ibérica y el norte de Marruecos, facilitados por el entorno político común de los imperios que se fueron sucediendo en el Mediterráneo, unas veces con epicentro en la orilla norte –griegos, romanos y bizantinos-, otras en la meridional -fenicios, cartagineses y árabes- pero que siempre tuvieron en su punto de mira el conjunto del arco trazado por el mar.
Los fenicios y cartagineses establecieron colonias en ciudades costeras del norte de África y del sur peninsular que básicamente seguían el mismo modelo organizativo. Los mercaderes, junto con el personal militar cartaginés, serían los agentes que facilitarían los contactos y flujos respectivos entre unas ciudades y otras. Esto hace que, por ejemplo, encontremos tipos de cerámica parecidos, de origen oriental, tanto en España como en Marruecos. En el caso de Roma, la culturización romana fue muy intensa en la mayor parte de la Península y en la franja costera de todo el norte de África, donde se crearían núcleos de población mayoritariamente habitados por romanos y con un modelo de vida y arquitectónico prácticamente igual a la de la capital del imperio. De hecho, el sur peninsular y el norte marroquí fueron consideradas una misma división administrativa, la Bética; pues mayor distancia había entre dos regiones peninsulares que entre la actual Andalucía y el norte marroquí.
Los visigodos, que sucederían a Roma como poder político en la Península Ibérica, tuvieron importantes intereses en la franja septentrional marroquí, controlando algunos puntos de la región, como la ciudad de Ceuta, y tal vez un espacio territorial más extenso.
Los largos siglos en que estuvo establecida una estructura político-administrativa islámica en la Península Ibérica, aunque no siempre en armonía con las estructuras paralelas al otro lado del Estrecho, permitió un importante lazo comunicativo de hombres y comercio hasta 1492. Los senderos y puertos marroquíes facilitaban los minerales que desde el África suhsahariana se enviaban a la Península, que exportaba hacia el sur productos agrícolas y manufacturas. Durante varios siglos, importantes agrupaciones bereberes fueron asentándose en diversas regiones montañosas peninsulares, en un trasiego humano que mayoritariamente circulaba de sur a norte. Fueron tan importantes los lazos entre las dos orillas, que durante mucho tiempo las entidades políticas de cada lado veía “natural” la expansión de su espacio hacia el otro, como sucedió en diferentes momentos de la Edad Media.
El califato de Córdoba (929-1031) aspiró a dominar el Magreb. Los sultanes benimerines de Marruecos (1258-1465) tenían intereses en Andalucía y deseaban controlar la región. El rey de Castilla, Fernando III el Santo, después de la conquista de Sevilla (1248), proclamó que su reino debía extenderse hacia el otro lado del Estrecho. Los Reyes Católicos, tras culminar la conquista de Granada (1492), expresaron igualmente la misma pretensión. En estos dos últimos ejemplos, se observa cómo desde la Península se ve con normalidad un proceso expansivo que siempre se produce hacia el sur y cómo se considera el norte de Marruecos como una continuación de las costas peninsulares. Es algo parecido a la consideración que los benimerines tenían del sur de Andalucía respecto a su territorio. El dominio estratégico del área del Estrecho sólo puede completarse mediante el control de las dos orillas, pero el discurso político de los gobernantes hace referencia no tanto al plano militar, sino a que ambas regiones parecen formar parte de un mismo territorio. Tal vez sea el recuerdo de que durante mucho tiempo las dos orillas estuvieron políticamente unidas.

