Joaquín Álvarez Barrientos (ed.), Se hicieron literatos para ser políticos. Cultura y política en la España de Carlos IV y Fernando VII, Biblioteca Nueva - Servicio de publicaciones de la Universidad de Cádiz, Madrid 2004 (378 pp.)
Tomando como título una afirmación de Mesonero Romanos, este libro colectivo analiza el proceso de cambio cultural en relación con la política que tuvo lugar en España en el período comprendido entre los reinados de Carlos IV y su hijo Fernando VII, como reza su subtítulo. La obra se divide en once apartados redactados por reconocidos especialistas, que abordan los diversos géneros literarios y otras manifestaciones culturales surgidas durante esos años. Van encabezados por un artículo del editor del volumen, Joaquín Álvarez Barrientos, que funciona como introducción, en la que se justifica la especial vinculación entre la actividad literaria y la política establecida desde la Ilustración, que proporcionó el modelo de literato «implicado» en su tiempo, colaborador del poder o crítico con él; y en la que se considera la nacionalización de la cultura y el nacimiento de la opinión pública debido al debate que se produce desde entonces hasta el Romanticismo. Sin duda, resulta novedoso e interesante el enfoque adoptado, que parte de la habitual división genérica de las historias de la Literatura, pero que incide en lo que vincula a los autores y sus textos con su entorno inmediato, al que describieron para aceptarlo o para intentar cambiarlo. Es un acierto, además, haber elegido el período de 1789 a 1833, clave en la configuración de la modernidad política y cultural española, dada la crisis a que sometieron al país los importantes eventos históricos desencadenados con la Revolución Francesa. De esta manera, se supera el corte inevitable del análisis por centurias, al que tantas veces se le escapa la continuidad de los fenómenos culturales y literarios. Por todo ello la obra puede ser un estupendo complemento de proyectos generales de historia literaria aparecidos durante la pasada década. Al mismo tiempo, el acopio de datos y el rigor con que se manejan, convierte a cada capítulo en un artículo autónomo, susceptible de una lectura aislada.
En general, cada estudio destaca las restricciones censorias aplicadas a todo tipo de textos tras la Revolución, que marcan toda la etapa con las breves excepciones de la Guerra de Independencia y del Trienio Liberal. María José Rodríguez Sánchez de León estudia en concreto la crítica literaria aparecida en artículos de periódicos, que sirve como instrumento propagandístico reaccionario en los primeros momentos de censura, que desaparece durante la Guerra dada la politización de la prensa, y que se emplea de manera encubierta para el debate de ideas y para reivindicar la regeneración del país durante el absolutismo fernandino. Acaba atendiendo al caso de Larra.
La literatura de cordel, por su parte, desempeñó una función comunicativa y lúdica, sobre todo entre las clases populares. Según analiza Joaquín Díaz, el género tuvo defensores y detractores, pero se detiene casi únicamente en estos últimos. Después señala la heterogénea temática de los pliegos, bajo la cual advierte fuerzas opuestas: lo ilustrado y lo iliterario, la moda y la tradición, lo real y lo imaginario, y lo idiosincrásico y lo ajeno. Repasa a continuación la figura del ciego, la importancia de las imprentas en este tipo de escritos y el género de las Aleluyas, este último desarrollado en cuatro epígrafes diferentes. Se aparta del enfoque cronológico similar desarrollado en el resto de los estudios del volumen, aunque el análisis es sugestivo y de gran interés.
Dado el enfoque interdisciplinario adoptado, resulta muy oportuna la inclusión de un artículo sobre las imágenes impresas en el período, a cargo de Jesusa Vega, quien estudia su importancia como propagandista de los monarcas y como agente educativo del vulgo y formador del gusto. Examina también los intentos de difundir imágenes desde instituciones oficiales o gracias a iniciativas particulares como la de Goya. Es interesante y clarificador el repaso de las diversas técnicas —grabado, litografía, xilografía— y de los distintos temas, abordado desde un punto de vista diacrónico. De la temática destaca su atención a la iconografía de Godoy, entre otros retratos, y los temas inocuos suscitados por la censura fernandina, frente a los que se sitúan algunas series goyescas y las imágenes caricaturescas producidas durante el Trienio Liberal. Finaliza con un estudio de la figura de José de Madrazo, buen ejemplo del proteccionismo real y puente con la generación romántica.
A pesar de no coincidir con el enfoque genérico, es lógica la presencia de un breve examen de la singularidad del Cádiz de entresiglos, que constituyó un auténtico microcosmos en que se vivieron los acontecimientos que afectaron a la España y Europa del período, como se encarga de demostrar con acierto Alberto González Troyano. El estudio destaca el papel desempeñado por la burguesía de negocios, amiga del lujo y capaz de integrar a extranjeros, que portaban nuevas ideas; e incide en elementos como la institución de la tertulia, la formación de notables bibliotecas y colecciones artísticas, la circulación de prensa exterior y el florecimiento de la local. Acaba señalando cómo los acontecimientos de 1808 enlazaron al Cádiz «ilustrado» con el «liberal», del mismo modo que figuras como el alemán Böhl de Faber ofrecen el paso del Cádiz dieciochesco al romántico gracias a la conocida polémica literaria que emprendió, la cual, por otra parte, conectaba con el mundo popular gaditano del majismo.
El artículo de José Checa Beltrán a continuación es en cierta medida complementario del de Rodríguez Sánchez de León, puesto que trata del debate literario y político producido en los periódicos a propósito de lo español con la aparición del artículo «Espagne» de Masson de Morvilliers, que dividió desde entonces a los escritores entre partidarios de lo autóctono y de lo nuevo. Según estudia, la polémica alcanzó su punto álgido durante el cambio de siglo al enfrentarse los bandos agrupados en torno a Quintana o a Moratín tras las traducciones de sendas poéticas, la de Blair por los primeros, y la de Batteux por los segundos. Diferencia a ambos grupos por su vinculación con el poder, sus respectivos modelos literarios y valoración de la literatura española o francesa, su actitud ante las novedades formales y su visión del compromiso literario; e indica la coexistencia de los coletazos de esa polémica con otras sucesivas como la que enfrentó a clásicos y románticos a propósito del teatro barroco, la cual implicaba de nuevo juicios políticos.
Alberto Romero Ferrer incide en la especial vinculación de poesía con ideología en el período que va de la Ilustración al Romanticismo debido a la influencia de los violentos cambios políticos sucedidos, a los que se pretende dar respuesta. Repasa de forma concisa los géneros y temas poéticos que hicieron fortuna en las diferentes etapas: tras la Revolución Francesa (poesía contrarrevolucionaria o de apoyo a la causa francesa), durante la Guerra de la Independencia (apunta la existencia de tres grupos político-poéticos, que no desarrolla, y trata el ejemplo de Quintana y los folletos de la prensa gaditana), y, más sucintamente, bajo el reinado de Fernando VII (de nuevo con Quintana, preámbulo de actitudes románticas), sin llegar a analizar el límite cronológico de 1833 indicado en el título.
Los artículos dedicados al teatro y al ensayo están articulados en dos partes cronológicas, a cargo de sendos estudiosos. Emilio Palacios Fernández documenta con amplitud, diferenciándolas, las censuras impuestas al teatro tanto desde el poder civil como religioso desde 1789. Analiza también las posturas de dramaturgos significativos como Moratín o Comella y la particular situación de los coliseos de Madrid, de donde deduce la coexistencia y mestizaje de dos tendencias: teatro popular y teatro neoclásico. Con el mismo detalle repasa el teatro de la época de José Bonaparte, a partir de sus autores respectivos y las normas entonces dictadas. Menos sistemático es Alberto Romero Ferrer al revisar la época de Fernando VII, en la que también advierte la influencia de la censura como desencadenante de un giro estético y temático en el teatro. Se fija, de manera original, en el ocaso del actor Isidoro Máiquez según fue retratado por Goya; y ofrece ejemplos de la politización de la escena desde 1814, y sobre todo durante el Trienio Liberal. Concluye con las vicisitudes con la censura de El Duque de Viseo de Quintana —cuyo período de prohibición en Cádiz no queda muy claro— y con el caso de Vargas Ponce y su uso del debate literario como medio para la conversión ideológica.
Álvarez Barrientos se ocupa de la novela del período mediante un agudo análisis de su politización debido a la irrupción en ella de la Historia y de los hechos contemporáneos. Se detiene en la cuestión del lenguaje, todavía muy convencional; en el debate del género, que busca su prestigio mediante la verosimilitud histórica; y en el proceso de creación de una novela nacional según indican las opiniones de los autores o sus mismas novelas, que reflejan un progresivo acercamiento a la realidad inmediata, de donde derivará la novela decimonónica.
Palacios Fernández en su apartado dedicado al ensayo pasa una exhaustiva, amena y ordenada revista a las diversas actitudes que los escritores adoptaron ante la realidad posrevolucionaria: los primeros partidarios de la Revolución; los clérigos o laicos reaccionarios; algunos «conversos» como Olavide; los que mantuvieron su ideario ilustrado sin militar en ningún bando; los miembros de la Ilustración cristiana; y, por último, los jóvenes aglutinados en torno a la Universidad de Salamanca o a la Bascongada, que dejaron abierto el camino del pensamiento liberal. La segunda parte, a cargo de González Troyano, aborda la actividad ensayística tras la Guerra de Independencia no por autores sino por rasgos distintivos. Destaca la difícil catalogación del género dada su politización desde diversas posturas; señala su carácter combativo, que afecta también a la crítica literaria y a los textos autobiográficos, cuyo carácter ensayístico justifica; y trata de los distintos medios en que se produjo el combate escrito, aunque sólo incide en la prensa periodística como principal difusora del ensayo tanto en España como desde el exilio. A pesar de la variedad ideológica apuntada, no se detiene en los escritores conservadores o reaccionarios, pues por el tono adoptado no le merecen el calificativo de ensayistas.
El artículo de Fernando Durán establece como objetivo rastrear el proceso desde la esperanza suscitada con la crisis del Antiguo Régimen hasta el desengaño romántico, visible en las autobiografías, escritos justificativos en los que los autores debían tomar un inevitable partido ante la realidad vivida. De ellas escoge autores significativos, agrupados según un triple criterio cronológico, ideológico y psicológico, muy atinado, que establece similitudes y diferencias entre los miembros de cada taxonomía y de éstas entre sí. Aborda primero las autobiografías de religiosos; luego se detiene en los reformistas del despotismo ilustrado; a continuación trata de la generación más joven de los disidentes; sigue con los «hombres de acción», que por edad pudieron escapar a la conciencia de derrota; y acaba con los testimonios de Alcalá Galiano y Mesonero Romanos, cuyas crónicas han sido las que han fijado una determinada imagen del convulso período tras la Guerra de Independencia. Por el punto de partida y el de llegada constituye este estudio un excelente epílogo del volumen.
Como es lógico, cada estudio va acompañado por su propia bibliografía, muy amplia, de donde surgen inevitables diferencias en cuanto a las ediciones manejadas y, en ocasiones, a la hora de citar un mismo título o subtítulo (p. e.: Jovellanos, pp. 239 y 326). El resultado es un sólido estudio de conjunto, que ofrece una útil y atractiva —aunque diversa, dados los enfoques de los distintos autores— visión panorámica de un período convulso, que no dejó indiferentes a sus escritores.
De Cuadernos de Ilustración y Romanticismo, nº 12 (2004), pp. 239-242
María Dolores Gimeno Puyol

