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Universidad de Cádiz

UCA: Universidad de los Bicentenarios

  1. Contenidos para el doce

Contenidos para el doce

Reescribe la Historia. Minirrelatos del 12. Concurso Iberoamericano.

Categoría: Miembros de universidades iberoamericanas

ENERO// Roxana Xamán

Conseguir esposo

“Se ha formado en esta ciudad de Cádiz una sociedad patriótica de Fernando VII, aprobada por el Consejo de Regencia, y compuesta de Señoras, estimuladas por su noble patriotismo; el objeto de estas es juntar fondos, por medio de una suscripción mensual de todas las Señoras de esta ciudad, para recurrir a las necesidades del ejército, y particularmente con el fin de proporcionar vestuarios a nuestros desnudos guerreros, cuyo heroísmo está paralizado por la miseria”.

Doña Amalia leyó el trozo de papel manuscrito a las jornaleras de la localidad.

-¿Para esto interrumpí mi labor? ¡Ya estaría ganándome el pan! Porque si alguien sufre la pobreza de esta ciudad, soy yo. Renegó una, desde la periferia de la plaza.

Todas voltearon hacia atrás, para verla. Era una prostituta. Tenía levantado el vestido hasta las rodillas y dos ojeras de desvelo crónico bajo sus ojos.

¿Hambre? ¿Tú que comes hasta seis veces, sobre todo de noche? -Dijo otra, provocando las carcajadas del grupo.

-Bien lo sabes, pues aquél que duerme en tu alcoba lo hace para aguantar despierto en la mía. Todas callaron. Ni una se atrevió a responder a la afrenta. La ojerosa dio vuelta, lista para irse.

Doña Amalia habló de nuevo:

-¡Tú! ¿Cómo te llamas?

-María Antonia. Contestó la mujer.

-Coopera y, ¡por el Santo Padre!, trataremos de iguales contigo. Si alguno de los que vengan quiere pedirte en matrimonio, ninguna de nosotras hará mención de tus faltas.

La prostituta aceptó. Doña Amalia advirtió a las demás: -¡Nadie ose deshacer mi trato! Juré en nombre de Dios y soy muy vieja para cumplir condenas por otras.

Como guardaban un gran respeto a Doña Amalia por ser la única que sabía leer y escribir, no la contradijeron.

La Regencia instaló un taller de costura a las jornaleras, en la antigua bodega de granos de la ciudad. Como ayuda a María Antonia, quien dejó su trabajo de prostituta, le permitieron vivir en el taller, siempre que siguiera las buenas costumbres y cumpliera doble jornada. Las Señoras nobles enviaron telas e hilos que con su buen gusto eligieron para la ocasión, así como manuales de costura militar, con los que Doña Amalia y sus mujeres se instruyeron en confección de faldones, casacas, chalecos y demás prendas utilizadas en los campos de batalla.

Pasaron tres meses. Ningún militar había pisado aún el taller de las jornaleras, ni para indicar las medidas del nuevo uniforme, ni siquiera para enmendar algún botón de su traje. María Antonia ansiaba la llegada de las tropas, con la esperanza de que alguno de sus soldados se convirtiera en su futuro esposo.

Una de las mujeres, en un acto de total simpatía por María Antonia, le contó:

-El día antes de mi boda, pedí consejo a la Duquesa sobre el matrimonio. Te contaré la verdad que ella me confió porque te veo muy desvalida. Pero antes, jura que no lo compartirás.

-Lo juro- contestó María segura.

-La Duquesa me explicó que los hombres no quieren un cuerpo que ya fue visto. Y que una debe contener sus deseos carnales siempre, porque si no, el marido se imagina que estuviste con otro o siente que eligió mal a la mujer que criará a sus hijos. Me dijo que nosotras somos presas, y que eso viene desde el inicio del mundo, que ellos por naturaleza tienen instintos que saciar, pero que si lo consiguen fácil, se hastían. Antes de casarme con Agustín nunca le hablé, pero igual le gusté para esposa. Verás, son como leones hambrientos, sí, algo así me explicó la Duquesa. Además, me enseñó cómo lidiar con ese instinto del hombre que lo obliga a estar con muchas mujeres, me aconsejó no preocuparme, porque también el hombre tiene otro instinto de igual magnitud, que lo lleva de regreso al hogar. Por eso las mujeres salimos confiadas al mundo, sonriendo orgullosas del brazo de nuestro esposo, por ello nos casamos y parimos a sus hijos.

Aunque María Antonia no quería ser una presa, tomó a bien el consejo de su nueva amiga. Por la tarde caminó al pueblo. Se sentó en una banca de la plaza. Practicó eso de “ver de lejos” a los hombres y ocultó sus “deseos carnales” cuando la miraron de vuelta, cosa que la sonrojó. Además, dejó de levantarse el vestido con las manos y cubrió su escote con tela de uniforme militar.

Una madrugada, cuando María Antonia estaba por irse a dormir, entró un Sargento al taller. Ella quiso preguntarle qué buscaba ahí, pero recordó que con su esposo era mejor no hablar antes de la boda. Él estaba parado, frente a ella, mirándola de cabeza a pies, como para aprendérsela.

-¿Vive usted aquí?- Preguntó el Sargento. María no contestó.

-¿Es usted Mari? Me indicaron en el pueblo que aquí podía encontrar a Mari.

-Sí, soy yo- respondió, viendo de reojo la fortaleza de los brazos y las piernas del Sargento.

-¿Puedo dormir esta noche contigo?- A María Antonia se le acumuló la sangre en la cabeza. -¿Te has sonrojado?- Tras un breve silencio, continuó. -¡Perdone señorita! ¡Lo siento! Me informaron mal. ¡Le ruego me disculpe!- dijo él, con cara de espanto.

Antonia no entendió el gesto del hombre, ni la carrera que éste inició en dirección al campo. Ella simplemente hizo cuanto le enseñaron, para que la quisiera. Pero María Antonia no sintió decepción ni enojo, al contrario, sonrió por ver a este héroe de guerra, con todos sus instintos y victorias, desaparecer en la oscura noche. Conforme más lejano el militar y sus disculpas, más feliz fue Antonia, porque se libraba de tener que criar hijos, de exhibirse en la plaza como presa y, sobre todo, de una vida de represión de su sensualidad y sus deseos corporales.

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FEBRERO// Marco Antonio Marcos Fernández

“Según la prensa francesa, el general francés Suchet hizo prisionero en la provincia de Valencia a dieciséis mil hombres y a doscientos oficiales, apropiándose también de trescientos dieciocho cañones, dos mil arrobas de pólvora y una cantidad indeterminada de fusiles ingleses”

Llegado el momento de probar su invento, Torres Marín se preguntó a qué época del pasado debía ir. Cualquier instante de la historia al que decidiera dirigirse presentaba peligros intrínsecos: la prehistoria tenía sus saurios aterradores; en Roma, quizá le enviaran a alimentar a los leones hambrientos del Coliseo; en Egipto, podían convertirle en esclavo… Además, que no sólo quería viajar al pasado, sino también alterarlo para mejorar el presente. Según el Principio de Consistencia de Novikov, reescribir la historia era posible y no generaría ninguna paradoja incompatible con la propia existencia del universo. Pero, entonces, ¿hacia qué momento pretérito partir? Se acercó a una estantería y, distraídamente, tomó un volumen cualquiera, como buscando inspiración para decidirse. Torres Marín sopló sobre la tapa y tosió, al tiempo que el polvo en fuga dejaba ver el título de la obra: La Guerra de Independencia Española. Abrió el libro y leyó una página al azar: “…el general francés Suchet hizo prisionero en la provincia de Valencia a dieciséis mil hombres…” ¡Eureka!, se dijo. ¿Por qué no? Regresaría al pasado y mataría a Napoleón; y la Guerra de Independencia nunca ocurriría.

Dicho y hecho. Durante los siguientes meses, se dedicó a aprender francés, estudiar la biografía de Napoleón Bonaparte y planear el magnicidio. Cuando estuvo seguro de cómo iba a llevarlo a cabo, empuñó su máquina. Se trataba de una cajita negra, que, provista de un minúsculo teclado, no sólo le permitía elegir el momento del pasado al que quería regresar, sino también la posición geográfica en la que aparecería. Escogió las coordenadas precisas del estudio privado de Napoleón en el Palacio de las Tullerías. Accionó el dispositivo y… ¡Flash!

Sintió un pequeño mareo y, cuando se recobró, echó un vistazo en redondo a la habitación en que se encontraba. Los muebles del despacho de quien llegaría a ser emperador de Francia, si él no lo impedía, le convencieron de que su invento había tenido éxito. Se escondió detrás del escritorio, puesto que Napoleón llegaría en cualquier momento, y sacó un puñal de la funda que llevaba colgando de su cinturón.

Precisamente en aquel momento, se abrió la puerta del gabinete. Sintió un escalofrío cuando alguien le llamó por su nombre.

¡Levántese, Torres Marín! -dijo la voz. Le estoy apuntando con una pistola. Y arroje el puñal que lleva lejos de usted.

Torres Marín obedeció, temblando aún por la sorpresa. El puñal hizo un ruido sordo al caer sobre la gruesa alfombra del despacho.

¿Quién es usted? -preguntó Torres Marín- que aún no se recuperaba de su sorpresa.

Nos llaman los cronoguardaespaldas -dijo una figura embozada en un extraño uniforme negro-, apuntándole con un arma cuyo diseño parecía algo extraño. Del futuro, pensó Torres Marín. Con gravedad, la figura continuó su explicación: desde que el viaje en el tiempo se hizo posible, a principios del siglo XXI, diversos inventores intentaron, y siguen haciéndolo de vez en cuando, cambiar el curso de la historia. Napoleón, Hitler, Stalin… suelen escoger siempre a las mismas víctimas. Nuestra misión es impedirlo. Lo siento, amigo.

Torres Marín no llegó a oír la detonación.

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MARZO// Declarado desierto

ABRIL// Isaac Casanova Letrán

Otra noche más

Otra noche más con la oscuridad como mi única compañera, aunque el silencio pasa, frecuentemente, a visitarme. Apoyo mi espalda contra la pared, su tacto me recuerda dónde estoy, cómo he llegado hasta aquí y por qué. He aprendido a disfrutar del tacto de la piedra ostionera, durante la noche me gusta palpar y aprenderme a ciegas cada detalle y cada secreto que esconden estas cuatro paredes. Es curioso cómo pasan desapercibidos los olores o las sensaciones, pero incapaz de ver, es como si un nuevo mundo apareciese recordándote que él ha estado ahí siempre, sólo que no has sido capaz de notar su presencia.

Huelo a sal, el mar está cerca, aunque no supiese dónde estoy, me lo susurra a través de estos muros con su esencia. Siempre que me embriaga este olor en estas solitarias noches, casi puedo ver el mecer de las olas. Muy cerca de las murallas de San Carlos, hay un rinconcito que siempre me viene a la mente cuando estoy aquí. Desde ese lugar, se puede ver lo que queda de una especie de casa que emerge entre las aguas. He perdido la cuenta de cuántas veces he visto la puesta de sol allí con Teresita.

¡Pobre Teresita! Sabiendo que hoy era una de esas noches, no ha podido aguantarse las lágrimas y las reprimendas. Dice que no gana para disgustos, que no podemos seguir así y que su familia, aunque en apariencia me respeta, no se fían de mi. Maldice tanto el día que me conoció y se enamoró de mi, como da gracias a nuestro señor por los minutos que pasamos juntos. Quiere que nos marchemos, pero eso, por ahora, es poco más que un sueño. Incluso si pudiéramos irnos, sé que su corazón pertenece a estas tierras saladas y que, sin este único sabor a mar con el que nos despertamos cada mañana y sin poder ver los rostros de sus familiares, en su corazón, se quedaría un hueco tan grande que no sé si todo el amor que puedo darle es suficiente para compensar esa falta.

Mientras no encontremos una solución mejor, tenemos que vivir el día a día como podamos. Como siempre, hemos estado juntos hasta el último momento. Nos despedimos como si fuéramos a vernos a la mañana siguiente, pero ambos sabemos que puede no ser así. Ella mantiene el tipo, dice que si es la última vez que nos vemos, no quiere que la recuerde llorando. Quiere que recuerde sus besos y su sonrisa. Aprecio muchísimo ese esfuerzo que hace, y me siento egoísta por el regalo que me hace portándose así, por eso, siempre tengo cuidado de corresponderle, viéndola al día siguiente lo más pronto posible.

Esta vez ha sido una pelea de bar. Es curioso como una pequeña chispa de violencia puede generar una explosión de puñetazos, botellas volando, mujeres corriendo... No puedo dejar de sentirme algo culpable por los moretones que lucirán más de uno mañana, con las primeras luces del alba, aunque la mayoría estarán más preocupados por la gran resaca que se habían trabajado mucho antes de que empezara la pelea. Nunca me gustó dar puñetazos, soy más un hombre que gusta de usar la palabra, pero la vida parece reírse conmigo, porque pocas veces me da la oportunidad de razonar y, rápidamente, siempre me veo envuelto en zarandeos, empujones y puños que van y vienen. Como todo en esta vida, con práctica se aprende y puedo decir que sé defenderme, aprendiendo un par de trucos mas defensivos que ofensivos, pero igualmente útiles.

Todo ha empezado en el local con peor fama de la ciudad, evidentemente no por casualidad. Sólo hay que echar un pequeño vistazo disimuladamente para distinguir a los típicos habitantes de esta taberna. Veo a los jugadores apostando, no me interesa a qué; las chicas que trabajan vendiendo su amor persiguiendo a los que tienen dinero, y veo a los que saben aparentar tenerlo para ganarse el breve calor de una cama y una muchacha hasta que ésta descubra el engaño; el tabernero, en apariencia capaz de tumbar a cualquiera con su intensa mirada o, me atrevo a adivinar, su cargado aliento; y, por fin, encuentro a mi particular cartucho de dinamita, solitario bebedor, refunfuñando en una esquina. Se ve a la legua que ha venido a ahogar su frustración en una botella de vino, que acaricia como si pensara que ésta va a compensarle con más elixir rosado de su interior cuanto mejor la trate. Ensimismado en su tarea, jamás podría haberse dado cuenta de que me acercaba.

Pido una copa de vino, del más barato, no sé si llegaré a pagar la copa, así que mejor no gastar mucho en algo que no voy a beber. Una vez derramada sobre el enamorado de la botella, una simple mirada desafiante y un pequeño empujón bastan. Su cristalina amante pasa a convertirse en su arma. Y comienza el baile.

El hombre, encolerizado, arremete contra mí con todas sus fuerzas, no sólo quiere pegarme, quiere descargar su furia acumulada por lo que fuera que le llevó a la barra de esa taberna: una mujer infiel, un dinero perdido en una apuesta, o puede que simplemente no esté de acuerdo con algunos artículos de los redactados en la recién nacida Constitución... poco importa. Lo único que me preocupa son mis próximos movimientos. El primero, lograr esquivar la embestida al tiempo que consigo que arremeta contra cualquier otro; luego, no puedo evitar llevarme un recuerdo de este agradable señor en forma de puñetazo en la boca del estómago, era de esperar que no pudiera irme de rositas. Segundo, cerciorarme de que la pelea no queda en nada y continua su curso. Tercero, escabullirme lo suficiente como para que no tenga que acordarme mañana de esto a costa de dolores.

Las autoridades llegan como siempre, con calma. Un par de gritos y amenazas con sus armas de fuego, apuntando las afiladas bayonetas hacia la enfurecida multitud, empezaron a dar, poco a poco, resultado. En un rato, hubo el suficiente orden como para que el tabernero me clavara sus ojos inyectados en sangre y me señalara con el dedo al tiempo que me acusaba de haber provocado todo el jaleo. Como de costumbre, siempre se alzaba alguno más acusando a otros pobres diablos de provocarlo todo, ya que la confusión y el jaleo hacen ver las cosas de forma distinta según desde donde te llegue la pelea.

Y así es como me camuflo en un grupo de cuatro o cinco pobres diablos a los que llevan arrestados por provocar la reyerta en la taberna. A algunos les falta calle para andar, se mueven como si jugaran a ir sobre la cubierta de un barco en medio de una tormenta. Casi no pueden pronunciar su nombre, aquellos que logran acordarse; yo doy un nombre que no es el mío. Seis novatos nos escoltan hasta nuestras alcobas de piedra y barrotes. He tenido suerte, con ellos es mucho más fácil disimular que no estoy ebrio.

Sólo me queda esperar pasar la noche. A los más «violentos» nos ponen en celdas a solas. Lo prefiero así antes que tener que aguantar la borrachera de alguno de éstos. Una noche más, pensando en Teresita, pensando en cuántos días de tranquilidad me quedan hasta tener que volver a pasar por esto, en qué tendré que provocar para volver a pasar desapercibido aquí, en una celda. ¿Tendré que volver a provocar una pelea de bar? ¿Colarme en algún sitio o robar algo?

Cádiz es muy pequeño y no podría esconderme en muchos sitios sin que me encuentren, éste es el único sitio que logra hacerme desaparecer; irónicamente, me esconden los mismos que van a buscarme. Nunca me han encontrado aquí, y creo que nunca lo harán.

Por fin, veo las primeras luces de la mañana, es mi línea de meta. Ya está hecho. Sólo puedo pensar en ver a Teresita. Me sacarán en unas horas, y no perderé ni un segundo en volver a juntar sus labios con los míos. El barco en el que quieren obligarme a marchar siempre parte justo antes de la primera luz del alba, así que, eso significa que puedo estar tranquilo hasta que lo vea atracar de nuevo en el puerto, momento en el cual tendré que volver a planear algo así, otra noche más.

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MAYO// Declarado desierto.

JUNIO// Luis Pinho.

El infierno

Come pensare?

Non si può più pensare, è come essere già morti. Qualcuno si siede per terra. Il tempo passa goccia a goccia.

Primo Levi, Se questo è un uomo

Alberto González lleva quince días sin dormir. Tiene miedo, tiene mucho miedo. Cuando la noche cae sobre los tejados de un vidrio más áspero que la propia vida y amenaza de muerte súbita las cucarachas hambrientas en los adoquines. Algo habrá de paradójico en esa tan sucia forma aséptica de vivir, bordeando los umbrales de la ausencia de dolor, sintiendo la culpa como la importancia del reparto universal de todas las exportaciones transportadas en LKW con origen en la República Federal Alemana.

Porque él quisiera que ella se viniera con él, que se dedicaran los dos a apartar los destrozos de una insaciable máquina de dañar, mientras el plazo que anuncian las trescientas sesenta y cinco campanadas del porvenir sigue incumpliéndose. Pero ella prefirió enajenarse, meterse en la habitación de unos sueños que no puede distinguir entre la niebla más borrosa que las cataratas que consumirán poco a poco los ojos de todos los vivientes. Aunque el agua fluya fuera oscura y putrefacta por las calles donde pasea su perro nombrado Condición.

También él ha catado ese vino que le hizo botar entre las altas rejas de la más irrelevante alegría y el fausto cansancio de vivir. Hoy rebota indefinidamente contra un suelo de hormigón, enfermo en su carne de cordero, huérfano anónimo, lana por esquilar. Porque nadie quiere saber de su existencia. Todos huyen de las llagas de su piel, de su casposo pelo, de sus pies del color del carbón. Y el constante movimiento pendular que le afecta el cuello tiene hoy más amplitud que antes. Se amplifica como las ondas después de dos proyectiles lanzados en fase sobre una poza del agua que fluye fuera oscura y putrefacta.

Hernández no es Camus, que no sabía nada sobre esta peste. Hernández odia los galicismos. Alberto sabe que hay una fuerza anónima que disimula la verdad y la mentira para lograr sus conveniencias. Mientras coloca entre sus dientes la justiciera navaja, piensa en los casposos que pidieron perdón por Auschwitz-Birkenau y Fukushima. Y por Gernika. Hernández no lee periódicos. Sabe que fue ella quien primero le dijo que dejara de silbar. Luego prohibieron el silbido y vinieron los oficiales silbatos rozando el toque de queda, por la noche, cuándo nadie se enteraba de lo que estaba ocurriendo.

Y mirándole a los ojos, ella le dice que no podían hacer nada. Alberto le ignoró y siguió sin temer al infierno dónde ya vivía.

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OCTUBRE// Declarado desierto

NOVIEMBRE// Declarado desierto

DICIEMBRE// Declarado desierto

 
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