Saltar navegación. Ir directamente al contenido principal

Universidad de Cádiz

UCA: Universidad de los Bicentenarios

  1. Contenidos para el doce

Contenidos para el doce

Reescribe la Historia. Minirrelatos del 12. Concurso Iberoamericano.

Categoría: Estudiantes de enseñanzas medias

ENERO// Declarado desierto

FEBRERO// Álvaro Martínez Zapata

Escenas de un asedio

“Según la prensa francesa, el general francés Suchet hizo prisionero en la provincia de Valencia a dieciséis mil hombres y a doscientos oficiales, apropiándose también de trescientos dieciocho cañones, dos mil arrobas de pólvora y una cantidad indeterminada de fusiles ingleses.”

El corro de curiosos comenzó a reír al terminar la primera estrofa. En el centro, un grupo de cinco o seis personas, como parodiando a un pregonero, cantaba, acompañando cada verso o cifra con una mueca de asombro exagerado, la última noticia que los marinos habían traído a la ciudad sitiada.

Alguien de entre el público gritó que no podía quedar tanto en Valencia como decía la prensa francesa que habían encontrado los gabachos. La parroquia volvió a reír ante el comentario. Entre los que más reían había un par de soldados heridos que precisamente acababan de llegar de la capital del Turia. El primero iba con muletas por la explosión de un obús cercano durante una escaramuza en la Albufera. El segundo había perdido el brazo izquierdo en una descarga de metralla entre las murallas de Sagunto.

Los improvisados cantantes comenzaron su segunda estrofa comentando lo que según su Majestad Imperial Napoleón era España. La gente sonreía ante las ocurrencias.

Después de algunas coplas más, el componente más joven del grupo -medio adolescente, medio hombre- entonó la ya famosa letrilla del perro que murió por una bomba como represalia francesa por la derrota de la Batalla del Cerro. Toda la Calle Ancha coreó la letra que había comenzado el joven, cuyo padre había muerto en dicha batalla. Su voz cantaba más alta que la de cualquier otro.

Un silbido llenó el aire y del cielo plomizo se vio caer un borrón oscuro que, por el sonido, debió impactar cerca del puerto o la plaza de San Juan de Dios. Después de un segundo de silencio, todo el mundo volvió a reír y a comentar la inútil testarudez de los franceses. Algunas risas sonaban un tanto agudas y estridentes, nerviosas.

El grupo comenzó a disolverse al caer la tarde. La mayoría volvía a la Caleta, a las tiendas de campaña que los ingleses habían cedido a los desplazados de los barrios más castigados por el bombardeo.

La gente charlaba animadamente sobre la función callejera u otras trivialidades. Nadie quería dejar otro momento de silencio, otro vacío en el buen humor, no fuera a ser que por esa grieta se colara otro enemigo que también escupían los cañones franceses, pero que no era tan inocente como sus granadas. 

Escucha el relato AQUÍ.

MARZO// Blanca Gómez

Hoy, 19 de Marzo de 1812, ha dispuesto la ley que me presenten al pueblo, en Cádiz donde he nacido, para que los vientos me lleven a cada rincón de este país, que hoy sufre por la libertad, pero que mañana quiere ser libre …sin opresión francesa, pero también sin opresión política.

Para ello me han creado con la mejor de la esencia del Hombre, me han vestido con igualdad, libertad y ética.

¿Qué mejor sitio para nacer, que esta ciudad? Me asomo al cierro de mi ventana y el levante primaveral hace que note mi espíritu limpio y solidario. Salgo a la calle y gritan mi nombre frente a la Aduana como agradecimiento a ese mar por donde vienen y van las ideas libertarias que fortalecieron mi espíritu y por donde espero que se dispersen para mejorar la humanidad. También se proclama como un cante en la plaza de la Cruz Verde, donde está la esencia y el gracejo de esta ciudad; la bulla, los ostiones, el pescaíto frito, la sangre del gaditano, etc. como tributo al ciudadano de Cádiz que acogió y dio cobijo a aquellos destinados a crearme. Se me proclama en San Antonio, plaza de armas, donde me rinden honores militares y se refrenda que las armas tienen que estar al servicio de las ideas y no al revés. Solemnemente se me proclama en la Plazuela de San Felipe Neri, porque allí en su oratorio nací, formada día a día con las ideas más humanísticas del momento, con cuidado, para que a todos beneficiase y mejorase la calidad de las personas, pero nací con decisión, para no dejarme aplastar por la opresión y las armas, que resuenan tras las murallas de las puertas de Cádiz y que están haciendo sufrir al pueblo español.

Después, como el mejor de los tesoros, volveré a Palacio,… el libro, quiero decir. Yo prefiero quedarme en la calle y que mis ideas inunden vuestras almas y traspasen fronteras; que dignifiquen al hombre, que lo hagan libre, con igualdad de oportunidades, demócrata y un poco más feliz.

Perdón -aunque no he dicho mi nombre- me he presentado a través de mis ideas. Soy la CONSTITUCIÓN DE 1812, ¿dije que hoy es diecinueve de Marzo? Soy “LA PEPA”.

MARZO// Accésit a Jaime Hidalgo Salaverri

El otro Cádiz de 1812 (o cuatro historias anónimas poco históricas)


Lo que pasó en la plazuela de San Felipe (o un agosto en pleno marzo)

Para José Manos Rápidas Fernández, ese diecinueve de marzo fue uno de los días más prósperos de toda su vida. Él, que nunca había disfrutado de una situación económica demasiado holgada, había visto su suerte mejorada desde que empezó el sitio de Cádiz por los franceses: se dedicaba al contrabando junto con otros colegas por las Cuevas de María Moco, lo que le reportaba algunos (no muchos) beneficios. Como dijo aquel: “Cádiz era una ciudad donde hay de todo para quien sabe buscárselo”.

Y así, Manos Rápidas se crujió los nudillos y se preparó para comenzar la caza de la más noble de las presas: la cartera. Con la visión fría y estratégica del cazador más experimentado, comenzó a observar a su alrededor. Diluviaba y no había demasiada gente en la plaza. Aún así, los pocos tipos que había se entretenían escuchando la solemne perorata de otro tipejo.

Coser y cantar, se dijo. Con su depurada técnica, no había cartera o monedero que se le resistiera. Sin problemas con la primera cartera y otro tanto respecto a la segunda. La tercera fue un poco más complicada. “Estamos en el año 1812 después de Jesucristo. Todas las carteras han sido robadas por Manos Rápidas… ¿Todas? ¡No!” Se paró en seco. Una mano sujetaba la suya y unos ojos furiosos se clavaron en los suyos.

Antes de empezar a correr le pareció oír a su padre diciéndole que debía concentrarse en sus tareas y dejar de divagar en fantasías poco provechosas. Pero todo eso sólo duró un segundo.

Para José Manos Rápidas Fernández, ese diecinueve de marzo fue uno de los días en los que más tuvo que correr de toda su vida.

Lo que pasó en la plaza de San Antonio (o el aburrimiento más absoluto)

De nada sirvieron las súplicas. De nada sirvieron los lloros. Sintiéndose la persona más desgraciada de ambos hemisferios, el joven Juan Canseco fue vilmente arrastrado por sus padres a la plaza de San Antonio a escuchar algo sobre una “constatación” (o algo así). El interés de un niño de doce años ante el histórico acto -históricamente aburrido, diría a sus amigos días después- que iba a presenciar era, como poco, cuestionable.

-Esto va a hacer historia- le había dicho su burgués, culto, adinerado e incomprensivo padre. Desgraciadamente, a Juan la Historia le importaba un comino. A él, como a casi todos los chavales de su edad, la política le resultaba extraña y aburrida.

Pero allí acabó, en medio de la plaza, rodeado de extraños atentos a lo que se hablaba, empapado hasta el alma, lleno de furia y de asco por no poder estar con sus amigos o, simplemente, vigilando atentamente las musarañas; pensando en jugar a algo, en lo bien que se está en la cama en los días de lluvia, en todo menos en la Constitución (¿la qué?).

Y, por si fuera poco, llovía.

Y mucho.

Lo que pasó en la plaza de la Cruz de la Verdad (o un olvido vergonzoso)

El diputado se sentía muy orgulloso de sí mismo. Tras participar activamente en los debates y en las discusiones constitutivas, había conseguido el enorme honor de decir unas palabras al pueblo antes de que otro diputado procediera a la lectura de la Constitución.

Introdujo la mano derecha en el bolsillo de su chaqueta y sacó… nada. -Que no cunda el pánico- se dijo -el discurso debe estar en algún bolsillo del pantalón. Lo buscó infructuosamente hasta tres veces. Fue entonces cuando recordó el comentario que su mujer llevaba haciendo toda la semana: “acuérdate de meterlo en la chaqueta buena”. Nunca unas palabras fueron más premonitorias. Además, ese día llovía, funesto presagio.

Sin tiempo casi para reaccionar, le dieron la palabra. Y entonces, como un milagro, manoseo algo en el más oscuro recoveco del bolsillo izquierdo de su pantalón. Sin perder la calma, sacó el susodicho discurso. Su mujer, Josefina, debía de haberlo metido antes de que él se marchara de su casa.

Y mientras empezaba a leer, tuvo muchas ganas de gritar:

“¡Viva la Pepa!”


Lo que pasó en la Aduana (o cómo dejar atrás una guerra)

Ella, una burguesa gaditana. Él, un soldado francés desertor por el corazón de una dama.

Para ella, la Constitución había sido un regalo del cielo. Toda su familia se había marchado a escuchar la lectura del susodicho texto y ella se había quedado en su casa con el pretexto de encontrarse con una fuerte cefalea. Nada más se marcharon sus padres y hermanos, bajó a la calle, donde le esperaba un hombre al que había pagado para que le escoltara y guiara por las Cuevas de María Moco hasta la libertad.

Y tras llenarse las faldas de barro y romperse los tacones de ambos zapatos, vislumbró al final de la angosta cueva a su amado.

Aunque no entendía nada de lo que decía su francés, su sola sonrisa y sus profundos ojos ya la enamoraban, y otro tanto podríamos decir de él. Así, sin mediar ni una sola palabra, ambos se alejaron en una barca, protegidos por los brazos de la noche y el abrazo de la densa lluvia, hacia las tierras más allá.

Podía parecer un cliché pero a veces, solo a veces, las historias de siempre son las mejores.

ABRIL// Declarado desierto

MAYO// David Tejero Sánchez

Fiebre del Oro

«En este día celebra la plaza consejo de guerra en el pabellón del Sr Teniente de rey, quien lo preside, para juzgar al soldado de Milicias Urbanas Francisco Huertas, acusado de haber disparado un tiro estando de centinela en el rastrillo de la avanzada de Puerta de Tierra, la noche del 27 de febrero último, a un oficial que murió de resueltas».

Francisco miró al cielo. La noche estrellada se presentaba ante sus ojos, mientras que una leve brisa agitaba su cabello y aliviaba el cálido ambiente. La luna lucía brillante y fantasmal, ligeramente enturbiada por las nubes, al igual que lo estaban sus pensamientos. Justo allí, desde las puertas de las murallas de su amada ciudad, Fran tomaría una decisión: salvar una vida o consumar su venganza.

El oficial Miranda, como cualquier otra noche, patrullaba desde la muralla su sector asignado, manteniendo una gran concentración. Las recientes victorias francesas en la guerra habían dejado a Cádiz como uno de los últimos asentamientos para la resistencia, y toda precaución era poca ante un posible ataque. Lo que Miranda jamás se habría figurado es que también debería de estar pendiente al fuego aliado.

Fran divisó al oficial en la altura, y los crudos recuerdos se cruzaron por su memoria. Dos semanas hacía desde que el oficial Miranda le había arrebatado todo cuanto quería.

Todo sucedió en una loca noche de febrero. El Miranda, aprovechando su día libre de servicio, había salido de copas, en busca de divertimento. Borracho como una cuba, en plena madrugada, comenzó a deambular por las calles, torpe, maloliente y sin objetivo.

Raquel, la esposa de Francisco, volvía a casa tras una agradable velada, con motivo del cumpleaños de su prima, Marta. Cuando ya se hallaba cerca, caminando por una angosta calle, el oficial Miranda apareció de entre las sombras.

El alcohol había nublado su sentido y sus lascivos deseos, incontrolables, se apoderaron de él. Miranda se abalanzó sobre Raquel con una fuerza descomunal, empotrando su menudo cuerpo contra una pared cercana. Tras esto, Miranda trató de liberarla de sus ropajes.

Raquel chilló, lloró, y forcejeó con todas sus fuerzas, tratando de librarse de sus garras. El oficial, en respuesta, le propinó un fuerte golpe en el rostro, con la suerte de que su cabeza chocase con los férreos barrotes de una ventana. Para entonces, la oposición de Raquel, al igual que su vida, se apagó.

A la mañana siguiente, ante la ausencia de su esposa, Fran decidió salir a la calle en su busca. Al doblar la esquina, en dirección a casa de Marta, se cruzó con un considerable corro de gente, que lloraba, gemía y señalaba hacia al suelo, con gran consternación. Cuando Fran se hizo paso entre la gente, y llegó hasta el centro, se encontró por última vez con Raquel.

Francisco cayó de rodillas frente a su cuerpo inerte, y sus gritos, como si proviniesen del mismo averno, tronaron en la lúgubre calle.

El oficial Miranda, al haber sido visto por varios testigos en la trágica noche, fue procesado por la justicia. Debido al ebrio estado en el que se había producido el asesinato, Miranda fue absuelto de todos los cargos. Ningún juez condenaría a un oficial, tan necesitados en estos duros momentos, en favor de la memoria de una simple ama de casa como Raquel.

Y allí se hallaba Miranda, realizando la guardia con sus medallas colgadas del pecho, como si de cualquier otro honorable hombre se tratase. Fran lo observó con detenimiento, clavando su mirada en ese aparentemente inocente rostro bonachón, y decidió que, por el propio recuerdo de su mujer y por él mismo, tal hipocresía no podía quedar impune. Y entonces, lleno de rabia, puso su plan en acción:

̶- ¡Socorro! ¡Camarada abatido! ̶ gritó ingeniosamente Fran, mientras se tiraba al suelo y se llevaba una mano a la pierna.

̶- ¿Qué ha ocurrido, soldado? ̶ contestó Miranda, sorprendido ante tal acontecimiento.

̶- ¡Nos atacan señor, soldados franceses! ¡Me han disparado en una pierna! ̶ exclamó Fran, con perfecto dramatismo.

El oficial miró al frente desde su posición de privilegio y, viéndolo tan despejado como durante toda la noche, concluyó que su ya sabida miopía debía de estar en aumento: ¡De acuerdo, no se mueva, enseguida estoy con usted! ̶ prometió.

Miranda abandonó su posición en las murallas por la escalera, se dirigió hacia la puerta y la abrió para alcanzar la zona en la que yacía Fran. Cuando se encontraba a menos de dos metros, Fran se incorporó, desenfundó su fusil, y apuntó firmemente a la cabeza del oficial.

-̶ ¿Qué pretende soldado?- preguntó Miranda, con disimulada serenidad.

̶- Pretendo hacer justicia- contestó Fran, decidido.

̶- ¿Pero acaso a perdido la cabeza?- dijo el oficial con enfado.

̶- ¡¿Igual que usted, cuando mató a mi mujer?!- gritó Francisco, aproximándose cada vez más al oficial.

̶- Eso fue un accidente. Aseguró Miranda, menos confiado.

̶- ¡Un accidente! ¡Qué Raquel murió por un accidente!

̶- ¡La bebida me confundió, yo no quería hacerlo, lo sien…!

̶- ¡¡Míreme!! ¡Dígame que le dijo que no quería hacerlo, que le dijo que lo sentía!- chilló Fran, con el fusil ya a escasa distancia de la cabeza del oficial.

̶- ¡Por favor! ¡Tengo mujer, tengo hijos…! suplicó el oficial, mientras se dejaba caer sobre sus rodillas.

̶- A mi me encantaría haberlos tenido. Susurró Francisco, antes de apretar el gatillo.

El estruendo invadió la inusualmente cálida noche invernal, interrumpiendo su, hasta entonces, inquebrantable silencio. Otros miembros de la milicia, al sentir el disparo, se dirigieron al lugar, sin poder imaginar jamás lo que acababa de pasar.

Fran creyó que quitarse esa carga de su vida le ayudaría a encontrar paz. Pero allí de pie, junto a los restos del hasta entonces tan odiado enemigo, Francisco se sintió vacío. Y es que la muerte no le recordaba su bella sonrisa, la pólvora no olía como su dulce perfume, y la sangre no se parecía en nada a sus dorados cabellos.

Escucha el relato AQUÍ.
 

JUNIO// Ana Cabeza de Irigoyen

Recuerdos

Siempre me gustaron las cajas… y si son viejas pues mejor… Abrir una caja de latón antiguo me transporta a momentos pasados que no he vivido pero que en casa, mi madre y, más concretamente, mi tía Anita siempre me ha contado. El blanco y negro de las fotografías se sucede con una intensidad variable, el olor es común a todas; una mezcla de olor a madera, a polvo( aunque no sé si el polvo huele...) Sentadas alrededor de la mesa de camilla, al abrigo del cobertor y de la estufa eléctrica, hemos pasado horas y horas de tarde de invierno, viendo fotografías antiguas. Me llamó la atención que muchas de las fotografías estaban realizadas en la Plaza de España y algunas de ellas a los pies del monumento a la Constitución de 1812. Claro, es lógico pensar que como alumna gaditana de segundo de Bachillerato y con la celebración del Bicentenario de la Constitución Española del 1812 este año sea sensible a captar todo lo relacionado con la Pepa. Por ello, una fotografía consigue captar mi atención; refleja la imagen de las mujeres poderosas de mi familia; mi abuela, mi tía y mi madre, mujeres independientes, seguras de sí mismas, muy trabajadoras, situadas debajo del monumento a la Pepa. Esto me llevó a preguntar a mi tía Anita cómo serían las mujeres de la época del Doce. Ella me relató lo siguiente:

Las mujeres de la época se reunían en tertulias ya que era la forma de enterarse de lo que sucedía en la ciudad. Eran conocidas la de Doña Margarita López de Morla y la de Doña Frasquita Larrea, mujeres que destacaban por los estudios realizados y sus tendencias ideológicas, bien de carácter liberal o conservador. Las tertulias de Doña Margarita eran amenas, se hablaba de todo; de teatro, de guerra, de política. Uno de los temas predominantes era la exclusión que de ellas se hacía en la nueva Constitución, algo más liberal pero no del todo, ya que prohibía el acceso de las mujeres al espacio público.

Además del tema político, durante unos meses, en las tertulias se hablaba de la peste y no sólo porque se hablara de esta epidemia en los periódicos sino porque una joven secretaria había sido testigo de ello. Nadie podía creer que alguien pudiera estar allí y contarlo sin más, el morbo estaba servido… Aquella información hizo que la rivalidad de las anfitrionas tertulianas por antonomasia se hicieran más evidente ya que se disputaban la presencia de la testigo en las mismas.

La paz llegó a las tertulias en forma de nuevos contenidos cuando, a través de la joven periodista Cecilia Böhl, hija de Doña Frasquita Larrea, se confirmó que tal epidemia de peste no había existido, sino que aquel número de muertes se debía al hambre y no a una enfermedad epidémica, lo cual tranquilizó a la ciudadanía gaditana.

A través de este relato que me contó mi tía, he conocido mejor la personalidad de la mujer gaditana y que gracias a ellas, las mujeres dieron un paso hacia adelante en el movimiento femenino. Llegando hasta nuestros días en forma de fotografía en blanco y negro, con tres generaciones al frente de todo un símbolo, la Pepa.

Escucha el relato AQUÍ.

OCTUBRE// Declarado desierto

NOVIEMBRE// Declarado desierto

DICIEMBRE// Declarado desierto


Aulario La Bomba. Paseo Carlos III, 3. 11003 Cádiz
Tel: +34 956 015800
Fax: +34 956 015891

extension@uca.es | bicentenarios@uca.es

Conforme: XHTML 1.0 | CSS 2.1 WAI AA