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Universidad de Cádiz

UCA: Universidad de los Bicentenarios

  1. Contenidos para el doce

Contenidos para el doce

Reescribe la Historia. Minirrelatos del 12. Concurso Iberoamericano.

Categoría: Sociedad en general

ENERO// Cristina Rubio Martín

“Se ha formado en esta ciudad de Cádiz una sociedad patriótica de Fernando VII, aprobada por el Congreso de Regencia, y compuesta de Señoras, estimuladas por su noble patriotismo; el objeto de estas es juntar fondos, por medio de una suscripción mensual de todas las Señoras de esta ciudad, para recurrir a las necesidades del ejército, y particularmente con el fin de proporcionar vestuarios a nuestros desnudos guerreros, cuyo heroísmo está paralizado por la miseria.”

Llegados a este punto de la lectura el caballero arrojó la publicación contra la mesa del café con evidente enojo, no de una forma especialmente estruendosa, pero sí lo suficientemente llamativa, dentro de la calma general imperante en el recinto, como para atraer la atención del ocupante de una mesa vecina. La casualidad quiso que este hombre fuese el muy honorable señor Cornell quien, aburrido tras unos días sin sucesos significativos en la ciudad asediada, no pudo evitar sentir una pícara curiosidad sobre cuál podría ser el asunto que había alterado en grado sumo al maduro señor Torres. El buen hombre se había quedado con la mirada perdida como si, aunque pareciera dirigirla hacia adelante, más bien examinara las ideas que bullían dentro de su mente, mientras que la cabeza oscilaba de lado a lado, en una suerte de negación sin fin. El señor Cornell valoró durante unos momentos la conveniencia o no de abordarlo, pero el tedio era algo que lo tenía tan atenazado que ese entretenimiento -por mínimo y modesto que fuera- le pareció un instrumento de entidad suficiente con el que podría sacudírselo un poco.

-Estimado señor Torres, perdone la indiscreción pero, ¿se encuentra  usted bien? ¿Tiene algún problema? Quizás yo podría servirle de ayuda.
El señor Torres tardó un poco en salir de su ensimismamiento y en ser capaz de reaccionar.
-Es usted muy amable señor Cornell, pero no es nada.
Volvió a quedarse pensativo.
-Es sólo este artículo que aparece publicado en el Semanario Patriótico. Quizás usted también lo haya leído.

Recogió el ejemplar y se lo acercó al señor Cornell, indicándole amablemente el texto que debía examinar. El señor Cornell no había reparado en él, por lo que hizo una primera lectura, pero al no hallar nada que pudiera exaltar los ánimos, hizo una relectura más exhaustiva. Se quedó perplejo, así que no le quedó más remedio -pese al riesgo de ser tachado o bien de insensible o bien de completo ignorante- que devolverle la publicación al señor Torres reconociendo su más absoluta incomprensión respecto a la causa de su enojo.

El señor Torres tuvo otro arrebato colérico, que consiguió dominar a duras penas a costa de un enrojecimiento en sus mejillas y unos ojos sutilmente desorbitados.

-Así es como comienzan las verdaderas revoluciones, no con guerras o alzamientos, sino de manera astuta y taimada. ¿Cómo es que un hombre de su capacidad e inteligencia no sea capaz de verlo? Las mujeres están aprovechando el descontrol y desorden en el que desgraciadamente nos encontramos inmersos para hacer su personal sublevación. ¿Qué es esto de que se organicen en una sociedad, que manejen fondos a su voluntad y que se inmiscuyan en temas políticos? ¿Acaso no comprenden que su único y verdadero lugar es la sumisión y el total apoyo a los varones? Esta es otra de las lamentables consecuencias de las guerras. Los hombres están tan distraídos con la lucha que a ellas no les queda más remedio que asumir tareas para las que no están realmente capacitadas y pierden el sentido de la perspectiva. ¿Piensan acaso que pueden coger las armas igual que un hombre o gobernar un país con nociones de economía doméstica, si es que siquiera las tienen?

El señor Cornell se quedó aún más perplejo de lo que lo estaba antes de conocer el motivo de la excitación de su vecino de mesa. Su extenso parlamento a viva voz había atraído la atención de otros clientes del café, que miraban a ambos con mal disimulada discreción, por lo que se sentía un tanto arrepentido de haber sido él quien destapara la caja de los truenos y ahora no sabía muy bien no sólo que decir, sino cómo volver a tapar la condenada caja.

El señor Torres tomó su silencio como si fuera una aprobación y continúo con su discurso exaltado.

-El autor de esta noticia a buen seguro es un conspirador que habrán captado con sus femeninas artes. Pero ¿habrá visto qué lenguaje más indecoroso? ¿Qué es eso de que es una sociedad aprobada por la autoridad? ¿Qué eso otro de que están estimuladas por el patriotismo? ¿O lo de satisfacer necesidades o vestir hombres desnudos? Escuche lo que le digo muy atentamente: a poco que nos descuidemos, esas caritativas señoras usurparán nuestro lugar y nos pondrán a hacer las labores del hogar. Recuérdelo muy bien cuando tenga que plancharse la propia camisa. Usted es más joven que yo y no le quedará más remedio pero yo, por mi parte, espero no vivir lo suficiente para tener que verlo.

El fin del alegato pareció serenarlo y volvió a su lectura, como si verbalizar sus temores les quitara gravedad. El señor Cornell, por su parte, estaba aliviado y divertido. ¡Qué ideas más locas se le ocurrían al bueno del señor Torres¡ Había oído rumores sobre su posible estado senil, pero esto era un absoluto sinsentido. ¡Qué las mujeres conspiraban para gobernar o qué él tendría que planchar! ¡Cuantas locuras era capaz de albergar la mente ociosa de un pobre viejo! Una vez pensado esto y sin ninguna otra distracción a la vista, no le quedó más remedio que volver a sumergirse en su tedio particular.

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FEBRERO// Adelaida Bordés Benítez

Las huellas rojas de la luna

“Según la prensa francesa, el general francés Suchet hizo prisionero en la provincia de Valencia a dieciséis mil hombres y a doscientos oficiales, apropiándose también de trescientos dieciocho cañones, dos mil arrobas de pólvora y una cantidad indeterminada de fusiles ingleses.”

Matilde se hizo la desentendida, la disimulada. Un fulano que estaba en el despacho de bebidas empezó a despotricar sobre un artículo que había leído. -Maldita guerra- pensó, desde el otro lado del almacén. Todos sabían que Lolo -su marido- se había ido, que la había abandonado cuando las cosas empezaron a ponerse feas. Por el barrio correteaba esta hablilla, la que Matilde contó sin palabras, con silencios, suspiros y ojos tristes a la vecina más chismosa sabiendo que, en cuanto la perdiera de vista, iría con el chisme de una esquina a otra. Al día siguiente ya era oficial y público su nuevo estado: malcasada. Con el rostro visiblemente afligido, salió del almacén y se dirigió a su casa. Al cerrar la puerta, cuando estuvo segura y a salvo de miradas se dejó arrastrar por el llanto. Ella, que se había mostrado indiferente por la partida de los hijos, maridos, hermanos y nietos de las otras, ella, que tanto criticaba la sensiblería -llamándola “mantequita Flandes”- se encontraba hundida, desesperada y perdida.

Cuando su marido se quitó de en medio, durante los primeros días encubrió su falta con unas fiebres para, luego, callar. De alguna forma, gritaba su marcha. En esto, saltó la guerra y le vino muy bien porque pudo seguir con el engaño, pues Lolo nunca la abandonó, ni siquiera salió de la casa. Ojalá hubiera sido uno de esos prisioneros de los que hablaba el fulano, uno de esos  que cogió el francés. Pero ¡qué va! Él era un hombre tan miedoso que, en cuanto supo lo que se estaba cociendo, disimuló el altillo de una alacena grande y allí se metió. Sólo salía de madrugada, cuando el barrio dormía. De esta forma, logró hacerse invisible. Matilde sentía y, al mismo tiempo, gozaba con este secreto, con esta situación mientras sus vecinas la creían sola, con la incertidumbre royéndole las entrañas, ignorando que vivía plenamente en todos los sentidos tanto, que quedó encinta. Cuando se lo dijo a Lolo, éste, en lugar de abrazarla, besarla y darle ánimos, empezó a ponerse blanco, a faltarle la respiración, a enrojecer. Matilde le dio porrazos en la espalda, en el pecho y nada. En unos segundos cayó al suelo sin vida. Ella, a su lado, no dejaba de acariciarse el vientre. Cuando reaccionó envolvió el cadáver en una sábana y puso la cama sobre él. Decidió seguir con el engaño pero al oír despotricar a aquel fulano algo se le desbarató por dentro. Lo tomó como un castigo de Dios por mentirosa, liosa e intrigante. El destino empezaba a cobrarle su falta de caridad con el desamparo. Matilde, la malcasada, se había quedado viuda aunque el barrio no lo supiera y, además, sería una sinvergüenza en cuanto su vientre empezara a crecer. Quiso echarle la culpa a Lolo pero él era un pobre hombre que nunca la empujó a mentir. Al contrario, reconoció su miedo al sufrimiento por la muerte, pero no a perder la vida.

-Es más -le dijo-, si me cogen y me llevan al penal no me importa. Lo que no quiero es coger un fusil y tener que pegar un tiro porque, digan lo que digan, yo no quiero ver muertos, Matilde, no quiero.

Estaba destrozada. Sola y con un niño chico, ¿cómo se las iba a apañar? Y encima la casa ya empezaba a oler mal. ¿Cómo deshacerse del difunto sin levantar sospechas? Nadie podía ayudarla. Desesperada, llorando a lágrima viva, apartó la cama y se abrazó a Lolo tan fuerte que le costaba respirar. La noche la despertó envuelta en hielo y con las piernas húmedas y pegajosas. Su naturaleza volvía a regularse después de varios meses sin ver las huellas rojas de la luna. Besó a su marido y se levantó. Al cabo de un rato, la casa olía a limpio y Lolo yacía sobre la cama. Encendió una vela y le rezó. Luego, salió para avisar a los vecinos y contarles la verdad. 

El matrimonio descansa en paz.

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MARZO// James Allan Spark

Allá por el año 1812, el ejército francés sitiaba la ciudad de Cádiz. Hasta ellos llegó el rumor de que los diputados de las Cortes estaban elaborando una Constitución y que iba a ser publicada en cuatro plazas importantes de la ciudad: San Juan de Dios, San Antonio, de la Cruz de la Verdad y de las Flores. Este acto iba a ser presidido por el gobernador y el rey de armas más antiguo. Con toda esta información, el ejército francés quería desmoralizar a la resistencia española obstaculizando la publicación y, para ello, idearon un plan que se basaba en el asesinato del gobernador.

El general Edith, conocido por sus numerosas victorias, fue el encargado de dirigir el plan, un plan eficaz, sin poner en peligro las vidas ajenas al objetivo ni la del encargado de ejecutar el disparo. Para este plan contaban con el mejor tirador del momento en el bando francés, el soldado conocido con el alias le Lynx (el lince) por no fallar ningún tiro, incluso los de larga distancia. Toda la munición que utilizaba, acababa en los cuerpos enemigos. No malgastaba ninguna bala.

Tras varios días de planificación y de recopilación de datos, se conoció que el primer destino del gobernador era La Plaza de la Cruz de la Verdad. El acto se iba a realizar frente a la fuente. El gobernador había pensado usar la fuente como fondo, ya que la continuidad de los chorros de agua simbolizaba la esperanza de volver a empezar. Lo que no sabía era que él iba a teñir la fuente del color de la derrota. A un día de que el acto público fuese a comenzar, el francotirador, le Linx, se puso en marcha y se dirigió hacia la zona para poder disparar al blanco sin ningún obstáculo, y sin ningún testigo que pudiese delatarle. Le Lynx se colocó en posición y espero allí toda la noche, hasta que se iniciase este formidable acto, que tendría un trágico desenlace.

Por la mañana hubo un primer discurso de un personaje simbólico y una pequeña representación teatral, como símbolo de una nueva España más abierta y liberal.

Al finalizar la representación teatral, se pudo observar el gesto de los pies del gobernador, señal de que se disponía para dirigir unas palabras al pueblo. Le Lynx, se percató del gesto y colocó su cara tras la lente,  preparándose para disparar.

Cuando el gobernador se levantó, le Lynx comenzó a sudar, era la primera vez que estaba nervioso, esta vez su objetivo era para defender sus ideales, y para darle la victoria a su país. Cuando el gobernador se colocó delante del atril para leer los artículos de la Carta Magna delante de los ciudadanos, bajó la cabeza e intentó memorizar un artículo para leerlo mientras su mirada se dirigía hacia el pueblo. Al levantar los ojos del papel, pudo observar un destello que lo cegaba y comprendió que ya era demasiado tarde. Tras el gesto de sorpresa del gobernador se pudo oír el sonido de un disparo, disparo que acabó con la vida del gobernador, el impacto de la bala fue tan potente que tiró al gobernador a la fuente, llenando la fuente de sangre.

Además de asesinar al gobernador, como este tenía la Constitución en sus manos, esta fue agujereada por el disparo, cayó al agua y se destruyó el ejemplar.

Este hecho se difundió rápidamente por la ciudad. La destrucción de la copia provocó la satisfacción no sólo de los franceses, sino de los estamentos privilegiados -nobles y clero- que lo interpretaron como un símbolo de la vuelta al Antiguo Régimen. Creyeron que el pueblo olvidaría las bases en las que se fundó y se elaboró la Constitución. Pero lo que ellos no podían destruir eran los ideales de un pueblo por los que ellos habían luchado y que, por fin, estaban reflejados sobre un papel. Era la Primera Constitución de España y sus tres pilares: Soberanía nacional, División de poderes y Derechos individuales buscaban la Libertad e Igualdad del pueblo español. Era el inicio de un largo proceso que nos ha llevado a una España actual democrática.

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ABRIL// Julio Videras Reyes

La Cuna de la Libertad

- Padre, en España la gente está muriendo por defender nuestra libertad. Ya he sacado un pasaje para Cádiz, mi barco zarpa la semana que…

Esa fue la frase que dije a mi atónito progenitor una calurosa mañana de marzo de 1811. Lo siguiente que recuerdo es haberme despertado tumbado en la cama y con la buena de Palmira aplicándome un paño mojado en el ojo.

̶ ¡Ay Palmira! Vieja sabia, alma de la Cuba ancestral. Sólo contigo compartía mis sueños y anhelos más secretos. Tú, cuyos ojos arrugados y profundos me recordaban al viejo Caribe y a otras lejanas tierras allende los mares. Tú que me criaste con el amor que a la de sangre siempre le faltó. De ti aprendí que, aparte de la propia vida, el bien más preciado para el hombre no es otro que el de la libertad…

̶ ¿Pero cómo se le ocurre señorito? ¿Acaso se le secó el seso de una insolación? ¿En qué demonios estaba pensando para decir semejante burrada a su padre?

̶ Pero Palmira -reproché- tú siempre…

̶ ¡Ah! ¡Ya no quiero oír más! ̶ Dijo la vieja indígena mientras se levantaba a una velocidad impropia para alguien de su edad.

̶ La culpa de todo esto la tiene ese españolito amigo suyo que le ha llenado la cabeza de pajaritos. Lo que pasa en España es cosa que incumbe sólo a los españoles, bastante tenemos nosotros con nuestras penalidades como para tener que ir arando el huerto de otro ¿No le parece?

Fruncí en ceño durante un minuto planteando mi estrategia. Mi padre siempre había sido un hombre recto y de unas convicciones inquebrantables, hacerle cambiar de parecer era prácticamente misión imposible. Pero Palmira, ¡ay! Palmira era otra historia…

Los franceses avanzan, casi sin oposición, por España y las Cortes se han visto obligadas a refugiarse en Cádiz. ¡Incluso han empezado a redactar una Constitución! Todo aquel que cree en la libertad está encaminando sus pasos hacia allí para defender esos muros durante la batalla decisiva. ¡Si Cádiz cae, el mundo tal y como lo conocemos desaparecerá para siempre!

¡Plaf! La anciana me soltó un bofetón casi a la altura del que hacía menos de una hora me había propinado mi querido padre. Sin embargo, a pesar de toda su mascarada, noté que los ojos se le humedecieron y que se le quebró ligeramente la voz.

̶ ¡La gente muere en esos lugares señorito! ¡No sabe usted de lo que habla! ¡En las guerras quedan a la vista las miserias del hombre! ¡Créame! ¡Sé muy bien de lo que hablo! Usted apenas salió del cascarón y no conoce el mundo de verdad. Usted no sabe lo que es pasar hambre o frío, comer carne de rata o tener que dormir bajo un puente. Usted no sabe lo que es… La voz se le apagó mientras rompía a llorar.

̶ ¿Acaso no tiene aquí todo lo que necesita? ¿Acaso la felicidad significa para usted dejar la vida en una tierra que ni siquiera le vio nacer y por la que siente una admiración no correspondida?

Sin embargo, la buena Palmira sabía que a mi forma yo era igual que mi padre: cuando tomaba una decisión jamás cambiaba de parecer por muy descabellada que ésta fuese o las consecuencias que me acarrease.

Vi su silueta recorta contra la ventana la noche que furtivamente salí de la hacienda en dirección al muelle. Antes de llegar al barco -un antiguo navío holandés que, sin duda, había conocido tiempos mejores- mandé de vuelta al caballo a las tierras de mi padre. Ya era bastante malo perder a un hijo, así que decidí no tener que sumarle a eso también el verse privado de su semental favorito.

A pesar de un viaje infernal, arribamos finalmente a las costas de España. Pronto divisaríamos la silueta de Cádiz, la ciudad de la libertad, la de la Casa de las Cuatro Torres, la de las Murallas de San Carlos y la Alameda Apocada, la de la Plaza del Mentidero y La Viña, La Caleta y La Iglesia del Carmen, la del café Apolo y el Convento de San Francisco. Dentro de poco estaría deambulando por sus callejuelas llenas de rumores y cantinelas; Veedor, Ahumada, Ancha, Bendición de Dios… Y me codearía con los Wellington, Lequerica y Galiano ¡Cómo ansiaba ese momento!

En una de sus últimas cartas, mi buen amigo Mariano aseguraba haberme conseguido un trabajo como asistente de cámara de un diplomático de origen vasco por lo que el sustento y la cama, a pesar de la sobrepoblación de la ciudad, estaban asegurados.

Sólo cuando puse pie en tierra caí en la cuenta del variopinto comité de bienvenida que nos esperaba en el cantil del muelle. Allí se habían dado cita soldados, funcionarios públicos, burgueses y algún que otro curioso. Con gesto serio, dio un paso al frente un joven teniente de la guarnición que desenrolló presto un pliego y con tono solemne leyó su contenido a los presentes:

«La Regencia de las Españas ha resuelto, para aliviar a esta población del sobrecargo de habitantes, que todos los empleados sin distinción, antiguos o nuevamente provistos, partan a servir sus respectivos. Los que sólo necesiten para realizarlo hacer la navegación a Algeciras o Ayamonte, verificarán su embarque dentro de diez días. Y los que necesiten trasladarse a puntos más distantes, lo verificarán en los primeros buques que dieren la vela para los puntos respectivos».

Y así es como acabó mi pequeña aventura en la «Cuna de la Libertad». De Cádiz apenas alcancé a ver las murallas, el puerto y las resplandecientes cúpulas de la Catedral cuando mi barco puso rumbo de vuelta a La Habana. Ni siquiera alcancé a oír un solo cañonazo de los franceses.

Apoyado sobre la borda y contemplando cómo Cádiz se iba perdiendo en el horizonte, pensé en cómo me disculparía ante mi padre y, lo más importante, en cómo le devolvería la pequeña fortuna que me había costado el pasaje.

Porque mi padre siempre había sido un hombre recto y de unas convicciones inquebrantables, pero con el dinero… ¡Ay! Con el dinero sí que no perdonaba ni una.

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MAYO// Roser Navarro Cortés

Ciertamente aquella noche del 27 de febrero de 1812, Francisco Huertas hubiera tenido que estar de centinela, como soldado de Milicias Urbanas que era, en el rastrillo de la avanzada de Puerta Tierra. Pero los acontecimientos y las tribulaciones de Paco, que así era como le llamaban todos, hicieron que los hechos no fueran como se supone fueron.

Paco, era un joven bastante bien parecido, un tanto seguro de sí mismo, y algo bravucón con los amigos. Cuando se reunían en la taberna, le gustaba presumir de valiente y temerario y fanfarronear de su suerte delante de las mozas, exhibiendo las perras que llevaba metidas en una bolsa de cuero colgando de su cinturón, ostentando que sus asuntos económicos no le iban nada mal.

Los jóvenes que se reunían en la taberna pertenecían a diferentes cuerpos de militares voluntarios que se habían formado para la defensa de la ciudad, mientras las tropas del ejército oficial luchaban contra las tropas napoleónicas: Unos eran Astilleros voluntarios, otros, voluntarios de Extramuros, otros, de Infantería, Cazadores, de Artillería, o Cargadores. Era como una docena de mozos de no más de veinte años, que se reunía para tomar unos tragos y pasarlo bien como fuera. Así que, en unas ocasiones, se metían con Paco y le advertían que no se confiara, que cualquier día podía tener un disgusto, a lo que el contestaba:

- Que nadie se atreva a sorprenderme. ¡Saldrá mal parado!

Una tarde en la que el tedio era mayor, los amigos decidieron escarmentar a Paco, o al pavo, apodo que recibían los voluntarios de las Milicias Urbanas por vestir un uniforme de largo levitón negro con cuello encarnado y que en este caso por lo visto lucía con bastante «pavura».

Así que al día siguiente, en los vinos del mediodía, todos alrededor de una mesa rectangular de maltratada madera, y animados por varias rondas del mosto de la temporada, escuchaban con especial atención las palabras de Paco:

Mañana por la noche tengo el turno de centinela en Puerta Tierra -comentó mientras vaciaba la jarra de vino sobre su vaso. La última guardia que hice allí, se oyeron disparos durante toda la noche. Por suerte estaba yo allí, porque mis compañeros estaban tan asustados como si hubieran visto un fantasma. Yo ni me moví del rastrillo, en pie, firme toda la noche. El oficial pasó por el puesto tres veces y allí me cogió las tres veces, listo para informarle de todo lo que estaba sucediendo a lo largo de la noche. En ningún momento sentí miedo.

Las miradas fueron de uno a otro leyéndose el pensamiento «esta es la nuestra», parecían decirse sin mentar palabra.

Al llegar la noche, tal y como habían planeado unas horas antes, los amigos de la taberna, pusieron en marcha el plan urdido y se acercaron a Puerta Tierra con la intención, bien de poner de manifiesto la bravura y valentía del pavo, bien para terminar con todo tipo de jactancia o, como poco, con la intención de pasar un rato de diversión y entretenimiento a su costa. A la hora pactada todos se reunieron en un lugar donde podían ver a su amigo, sin ser vistos ellos, y, efectivamente, allí estaba Paco de pie, con su capa negra de cuello rojo.

Los jóvenes se habían vestido de negro por completo y se habían maquillado al estilo de la moda francesa del momento, blanqueando sus caras con polvos y embadurnándoselas con una crema nacarada brillante a base de azufre.

Y así ataviados, empezaron la función desfilando, lo suficientemente lejos para no ser reconocidos, pero a la distancia necesaria para que se distinguieran el blanco de sus enmascaradas caras, como si de un desfile de fantasmas se tratara. A los pocos instantes, Paco hizo un gesto concentrando la vista al frente, y adelantándose un par de pasos pudo comprobar cómo algo blanco se movía balanceándose de derecha a izquierda y de arriba hacia abajo. Ritmo que los bromistas marcaban de forma acompasada. Paco empezó a inquietarse, y cuando quiso darse cuenta de lo que sucedía, creyó ver, entre la oscuridad de la noche, la aparición de una formación de fantasmas que desfilaba en semicírculo hacia él, invitándole, con los gestos de sus brazos, a que se acercara. En ese instante pasó de la inquietud, a la perplejidad y de la perplejidad a la huída.

Corrió tanto y tan rápido, que no paró hasta llegar a su vivienda, donde ya todos dormían. Entró, empujando la puerta, se dirigió al dormitorio y sin pensarlo se metió debajo de la cama, de donde no salió hasta el amanecer, cuando unos golpes en el portón lo despertaron.

Al ruido de los golpes salió la madre, que ya andaba por la cocina encendiendo la lumbre, con los primeros quehaceres domésticos.

- ¿Vive aquí Francisco Huertas?

- Sí, es mi hijo. ¿Qué quieren?

- Señora, su hijo está acusado de haber disparado a un oficial mientras estaba de centinela. Y por consiguiente nos lo llevamos preso.

Así que en este día, en que en la plaza y en el pabellón del teniente del rey, donde se celebra el Consejo de Guerra por el asesinato de un oficial, se presentan todos los amigos de la taberna, ataviados con sus uniformes de diferentes formas y colores que los determinan como guacamayos, cananeos, lechuguinos, obispos, todos voluntarios y buenos mozos, que llegaban con su colorido revuelo de juventud a testimoniar que el día de los hechos, ellos habían presenciado la huída de Francisco Huertas, antes de la medianoche, a causa del miedo de lo que pretendía ser una broma y por ello el soldado no podía ser el causante del disparo, puesto que había sido pasada la medianoche. Paco quedó libre del cargo y también más ligero de humos, aunque dejando, a su vez, un enigma por resolver: ¿Quien fue, en realidad, el causante del disparo que mató al oficial en cuestión?

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JUNIO// Carmen Franco Sánchez

Fiebre de amor

«Hemos leído en varios periódicos que en Sevilla hay una enfermedad epidémica: peste. Se cita a cierta persona que salió de aquella ciudad el 17 de Mayo y lo cuenta frescamente en Cádiz. Haber peste en Sevilla y contarlo aquí a los quince días un testigo ocular, da motivo a serias reflexiones. Hemos procurado indagar lo que hay sobre este particular, y de los informes inferimos que en Sevilla no hay peste ni enfermedad contagiosa...»

Después de esos rumores, no me atreví a continuar mi viaje hacia Cádiz. Don Salvador me estaba esperando con noticias frescas sobre la finca de Segovia, pero la nueva situación iba a cambiar mis planes. Decidí quedarme unos días en Ciudad Real y, desde allí, escribirle con las noticias que había recibido, y que fuera él mismo a vuelta de correo quien verificara o desmintiera la posible epidemia.

En el hostal elegido para reposar aquellos días, conocí a una chiquilla de ojos y pelo negros con la piel blanca como el azahar. Al instante de registrarme y mostrarme mis aposentos, mientras ella caminaba delante de mí, temblores extraños sacudieron mi cuerpo, y una sensación de presión en el pecho me obligó a recostarme sobre mi lecho en cuanto ella desapareció tras la puerta. Fue una larga noche, mis pensamientos cabalgaban entre las noticias sobre las muertes acaecidas en Sevilla y Cádiz, y el rostro maravilloso que me abrió las puertas de esta humilde posada.

Candela se llamaba, bueno, y se llamará, porque mujer ninguna con tan bonito nombre y cuerpo tan arrebatador y hechicero, podría nunca desaparecer. Su pelo se recogía en una larga trenza que remarcaba el límite de su talle, y que se abría con una falda de vuelo que impedía adivinar el resto de su figura. Cada mañana llegaba la prensa con noticias del Sur, pero sólo provocaban más desconcierto del que ya existía. También llegaba ella, con la talega de pan caliente y que colocaba puntualmente en paneras puestas a propósito en cada mesa del comedor. El olor a pan recién horneado junto al de flores recién cortadas, eran la rutina de todos los días mientras tuve la suerte de permanecer en tan humilde pero ilustre alojamiento.

Después de varios días, y en espera de la respuesta de Don Salvador a mi carta con las instrucciones a seguir y la información correcta sobre la epidemia, yo seguía embobado con las idas y venidas de Candela. No estaba seguro, pero cada día que pasaba me parecía que sus vestidos iban pasando de lo recatado a lo seductor, mis sensaciones me decían que quizás ella también estuviera interesada por mi persona. ̶ ¡Ay Candela! ¡cuánto daría por conocer tus pensamientos y tener la libertad para actuar consecuentemente con los míos! ̶  Las noches se hacían eternas, eran las únicas horas del día en las que no podía ver a mi amada, ya sé que era amor, lo que yo sentía no podía ser otra inquietud más que la del enamoramiento. Decidí hablarle a la mañana siguiente, durante el desayuno. Todo ocurrió así:

Yo:  ̶  ¡Buenos días, señorita Candela!...

Mi amor:  ̶  Buenos días, caballero Don Fernando!...

Yo:  ̶  ¡Quisiera hablarle de mis sentimientos hacia usted!...

Mi amor: ̶  ¡Por Dios, no creo que sea el lugar y el momento!...

Yo: ̶  ¡Es que si no lo hago ahora, no podré hacerlo jamás!...

Mi amor: ̶  ¡Pero... es que yo... lo siento, pero mi corazón ya está ocupado!...

Yo: ̶  ¡Vaya!... ¡más lo siento yo!... ¡disculpe mi atrevimiento!...

Ella: ̶  ¡No se disguste, encontrará pronto el caballero a una mujer que lo haga feliz!...

Yo:  ̶  ¡ Disculpe, me retiro a mis aposentos!...

Ella: ̶ ¡Disculpado está!

Al entrar en mi dormitorio mis ojos sólo vieron un largo pasillo, oscuro, lleno de curvas, un mareo repentino me obligó a recostarme enseguida, y así quedé dormido sin ganas de despertar. No volví a salir de mi cuarto, me traían el desayuno y todas las comidas diarias, que colocaban sobre el suelo del pasillo junto a mi puerta. Un día, la dueña del hostal llamó con los nudillos, más fuerte de lo que solía hacer para indicar la llegada de las viandas: ̶ ¡Don Fernando, carta de Cádiz! ̶  Salté del lecho, entumecido por largas horas de postración emocional, y recogí la carta que pasaba por debajo de la puerta. La abrí rápidamente, eran malas noticias. Don Salvador confirmaba la epidemia y me hacía otros encargos en la finca, pero prohibía totalmente mi viaje a Sevilla porque podría ser mi condena. Compré asiento en el primer carruaje que tomó esa ruta. ¡No tenía ganas de vivir!

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OCTUBRE// Declarado desierto

NOVIEMBRE// Miguel Ángel Pérez y Pérez

Mariposas seguras en alto puesto, noviembre 1812

«Acaban de llegar a la Bahía de Cádiz ocho personajes del alto Gobierno de Caracas; de éstos, solo tres parece que eran individuos de su poder ejecutivo, ya que se les está preparando alojamiento en la casa más segura de la ciudad de Cádiz; parece que es muy común que los que se vieron allá en el “alto gobierno” se vean acá en “alto puesto”, siempre que se justifique que se lo merecen».

Dietario, 19 de Noviembre de 1812

Fue a mí. Me habían dado orden de alojar a los recién llegados en el lugar más seguro. ¡A tres más! ¿En Cádiz? ¡Si no cabemos! Ya estábamos aquí la mucha gente del comercio gaditano, el Ejército y la Armada de Su Majestad Católica, parte de la francesa que tuvimos que hacer prisionera después de su traición y, por sí éramos pocos, los patriotas que llegaron huidos, los restos en retirada de nuestro glorioso ejército y antiguos enemigos ahora reconvertidos en aliados. ¿Y ahora debo ocuparme de esta gente venida de los dos hemisferios? ¿Pero en qué sitio? ¡No nos queda espacio ni hay seguridad! ¡Aquí hay más colores que en una colección de mariposas disecadas! Y mucho «mariposon» de flor en flor, que también los hay. Aquí todo se mueve rápido y es difícil de controlar. Es peligroso el colorido bullicio de la gente. Cada cual va a lo suyo o a por todas, y todo el mundo va con armas, sean fusiles o navajas barberas. Cádiz luce lo civil y lo militar. A nuestro colorido andaluz, suma el mestizaje con los «Dos Hemisferios» de ultramar y una mezcla variopinta de diputados, nobles, curas, monjas, comerciantes, majos, toreros, guerrilleros, ladrones, contrabandistas y mujeres de toda clase y condición. Y todos se buscan la vida o se la quieren quitar a otros. Además hay una guarnición numerosa con uniformes variados de tropas regulares españolas, británicas y portuguesas. Y grupos armados de patriotas como la Milicia Urbana, los Voluntarios de la Isla de León o las Compañías de Voluntarios Distinguidos. Aquí puedes ver un oficial de los Batallones de Línea de los Voluntarios Distinguidos, más conocidos como los «guacamayos» por sus vistosos colores, y no llamar lo más mínimo tu atención.

Dicen que son diputados muy patriotas, ilustrados y bienintencionados que van a hacer otra Constitución, pero universal, para que todos los cristianos dejen de pelear. Soy poco letrado y no quiero opinar, pero pienso que no es algo nuevo. Se me antojan parecidas a nuestras Reales Ordenanzas, que están bien hechas para matar herejes, infieles, salvajes y enemigos que lo merezcan, pero tratan de cuidar a nuestros soldados, hermanos y semejantes, ya que son hijos de Dios. Un caballero muy culto me dijo una vez que son de inmemorial origen, tanto que nuestras «Ordenanzas de la Armada en corso» tienen su origen en otras aun más antiguas refundidas en las Costums de la Mar y en las Ordinacions de la ribera de Barcelona, que fueron aprobadas por Jaime I en 1258, y que, junto con los Capitols del Rey en Pere de 1340, formaban parte del Libro del consulado del Mar. Pero estos señores las quieren hacer para todas las gentes de toda la cristiandad. ¡Qué santa soberbia o qué ilusa necedad! Quieren hacer una única «Real Ordenanza» nueva para los tres estamentos: nobleza, clero y pueblo. ¡Qué idiotez la de estos ilustrados! Eso del «sufragio universal» o la «instrucción al alcance de todos» es como la «abolición de la esclavitud», que no tiene tradición ni lógica. Y quieren crear una Cámara o Cortes denominada Junta Universal compuesta de cien diputados para implantar en todo el mundo la libertad, igualdad y propiedad individual del trabajo, pues dicen que todos tenemos alma y somos hijos de Dios.

Andaba yo en estas y otras reflexiones cuando el joven alférez dio con la solución: ¡Qué los monten en un globo! ¿Un globo? ¿Qué es eso? ¡Y además aerostático! Menudas palabrejas usaba y que labia tenía el caballero. Me convenció. ¡Chico listo! ¡O yo imbécil! Claro que él había estudiado aritmética, trigonometría, astronomía y no sé cuantas cosas más. ¿Pero cómo se le habría ocurrido semejante cosa? ¿Y a mi hacerle caso? ¡Qué locura! ¡En que lío me había metido! Pero el culpable era yo, su capitán, por haberle hecho caso. Nadie me lo mandó, pero lo hice. Y no fue fácil, ni barato. Quizás hubiera hecho bien en hacer caso al teniente de fragata, que por su antigüedad en el empleo tiende a ser más prudente. De todas formas ya está hecho. Soy el Capitán de la Real Compañía de Guardias de Cádiz y debo tomar decisiones. También era una forma de aislarlos para que se dedicasen todo el tiempo, sin nada que los distrajese, al importante, arduo, glorioso y honorable trabajo de pensar, discutir y escribir lo que nos guiará a todos en los siglos venideros. ¡El Copón! ¡Vive Dios! ¿Y me ha tocado a mí lograr que esto sea posible?

Pensé instalarlo en el Castillo de San Lorenzo del Puntal, que es un fuerte de planta ovalada precedido por dos baluartes, pero está alejado del centro de la ciudad y dicen que sus cimientos se remontan a finales del siglo XVI, por lo que no confío en los anclajes. Elegí la plaza San Antonio porque me pareció un lugar emblemático, muy concurrido y lo más parecido a una plaza de armas en la ciudad. Es un espacio abierto de planta cuadrada, junto a la iglesia que da nombre al lugar y cercano a edificios importantes, lo cual puede ser de utilidad, y no quedan lejos la plaza del Mentidero o el Oratorio de San Felipe Neri. No fue fácil encontrar buena madera, dura, flexible y que pesara poco. Ni construir un local, a modo de un navío sin velas, que ofrezca una gran cámara para debatir y varios alojamientos. Ni conseguir tanta tela de seda y buena brea ligera para impermeabilizarla. Ni buscar el sitio para colocar los anclajes y fijar con seguridad las amarras. Difícil fue fabricar cajones que no quemasen la cubierta superior y obtener carbón de piedra, que ardiese lentamente para calentar el aire y elevar el globo que, a su vez, levantaría el navío aéreo. Pero lo que costó más trabajo fue lograr que entraran los señores diputados. No querían montarse y ha habido que subirlos de noche, por sorpresa y a empujones, lo que ha sido un poco descortés porque había nobles de alcurnia, alto clero y grandes ilustrados. Por la mañana todo iba bien. Al final, ya no daban gritos ni vomitaban. Ni chillaban a sus criados más que para les aportasen buen vino y viandas, como si fuesen a organizar la ultima cena en vez de sus escritos. Pero a mediodía ha saltado un fuerte viento de levante, recio como hace tiempo no se veía. Se han roto varios anclajes. El enorme cascarón de madera se aleja en el cielo como lo hacen en el horizonte los barcos que salen a la mar. ¡Qué pena que se hayan ido volando! Deben ser tan santos estos buenos hombre que Dios los quiere con Él, aunque a juzgar por sus gritos ellos aún no quieren verlo.

Estaba inmerso en estos mis pensamientos cuando llega una numerosa tropa armada y me hace preso. Hablan algunos de llevarme al manicomio y otros me quieren fusilar. ¡No lo entiendo! ¿Por qué será?

DICIEMBRE// Cristina Rubio Martín

«ORDEN DE LA PLAZA. El Tribunal Especial de Guerra y Marina ha determinado que para la visita general de presos, que debe pasar la próxima víspera de Navidad, 24 del corriente, a las 11 de la mañana, se reúnan y coloquen los que estén en los cuarteles, cuerpos de guardia, y demás sitios de esta plaza, en el castillo de Santa Catalina y la cárcel pública, sin perjuicio de su seguridad e incomunicación los que tengan esta calidad; y que en caso de que no pueda ser trasladado algún preso, por hallarse enfermo, expréselo el que fuere, para resolución del tribunal.»

Dietario, 21 de Diciembre 1812

Una vez publicada la orden del Tribunal Especial de Guerra y Marina, ésta fue ampliamente propagada y comentada entre la población reclusa, dado que si algo les sobraba a esos pobres infortunados era el tiempo, de tal forma que cualquier motivo que ayudara a mantener sus mentes ocupadas era bien recibido. Aunque lo anunciado no era una medida extraordinaria, tampoco era tan rutinaria, por lo que fueron muchos los que quisieron ver en tal convocatoria, en una fecha tan cercana a la Navidad, la posibilidad de que fuera aprovechada para anunciar medidas de gracia o conmutaciones de penas. Eso sí que sería un evento excepcional. La expectación entre los presos, por tanto, era máxima; además, el curso del conflicto parecía ofrecer, por vez primera en varios años, síntomas que empujaban hacia el optimismo.

Entre los muros de la propia Santa Catalina, uno de los presos más veteranos sufría los rigores de la meteorología y las consecuencias del largo tiempo transcurrido en tan insalubre lugar. Avanzado el invierno como estaba, los temporales eran habituales. El mar azotaba los muros con fiereza en una pelea constante. Oía como las mareas lamían la piedra y si posaba la mano sobre la pared el suficiente tiempo suficiente, ésta terminaba con un leve poso de humedad como si, en lugar de piedra, más bien tocara una esponja. Cuando llovía, el agua y el viento se colaban por cada grieta. A pesar de acurrucarse escondido casi por completo entre los pliegues de su pobre manta – que hacía tiempo que había dejado de ser suficiente– no conseguía entrar en calor. Ni todas las mantas del mundo podrían reconfortarle. La frialdad no sólo era de índole meteorológica. El ambiente allí distaba mucho de ser civilizado. Los hombres estaban hacinados en pequeñas celdas, mal vestidos y mal nutridos, enfrentados en conflictos por cualquier motivo, a veces importantes, aunque lo más frecuente era que fuera por menudencias. En aquel lugar faltaban muchas cosas, la amistad, sin duda, era una de ellas.

Sufrir padecimientos de salud era lo habitual. Raro hubiera sido el preso que no padeciera, sino de uno, de varios males. En su caso, sus pulmones, después de tanto tiempo de encierro, estaban cada vez más afectados. Respiraba superficialmente, apenas conseguía tomar aire y el esfuerzo era tal que acababa agotado. Pasaba el tiempo recostado en un rincón, sin fuerzas ni para moverse ni para hablar. A veces, le atacaban escalofríos febriles que le hacían delirar, sin que nadie pareciera darse cuenta o estar dispuesto a prestarle la menor ayuda. No siempre había sido así. Recordaba momentos más humanos en los que algún preso le atendía cuando empeoraba. Compartían con él su abrigo o su alimento, e incluso avisaban a algún carcelero para que se lo llevaran y recibiera unos cuidados mínimos. Cerraba los ojos y recordaba esos otros momentos de delirio, en un lugar algo más cálido, donde al menos le daban tisanas, paños fríos para la fiebre, comida mejor e incluso un capellán venía a interesarse por él. Esos tiempos se habían acabado. Ahora, en cambio, parecía no importarle a nadie. Estaban quizás cansados de ayudarle, dejándolo reducido a ser una sombra de sí mismo.

Por eso cuando escuchó la proclama, lo tuvo claro. Era, sin lugar a dudas, el preso más antiguo y su salud se había visto muy mermada, por lo que si se había de conceder alguna medida de gracia, era difícil encontrar a quien tuviera más merecimiento que él mismo. Debía estar presente en el patio ese día. Tenía que escucharlo con sus propios oídos. Necesitaba conservar sus fuerzas hasta ese momento pues, costara lo que costara, quería conocer la noticia directamente, sin acogerse a la dispensa que se ofrecía a aquellos que estaban enfermos. Se encontraba mal, aterradoramente mal, pero sabía que ya daba igual una mayor o menor atención, lo único que le podría dar una oportunidad de verdad era alejarse de aquel inmundo lugar.

La víspera de Navidad se despertó cuando el resto aún dormía. Se acurrucó en un lugar próximo a la puerta, se abrazó a su raída manta y se dispuso a esperar. Se sentía, en verdad, muy débil y quizás necesitara pedir a otro preso que le ofreciera su apoyo. Se concentró en su floja respiración, cerró los ojos y se dejó invadir por ese ínfimo caudal de aire, perdiendo inadvertidamente la conciencia. Una salva le hizo reaccionar. Al mirar a su alrededor, comprobó aterrado que su peor pesadilla se había hecho realidad: la celda estaba vacía y la puerta abierta. ¡El resto se había marchado sin avisarle!

Trató de incorporarse pero no conseguía hacerlo. Aunque pensó en pedir ayuda a voces, tan sólo acertaba a articular unos pobres susurros. Con gran dificultad, decidió andar a gatas. Lentamente y sin encontrarse con nadie, fue ganando terreno aunque su marcha parecía más bien el desfile de una bestia moribunda. Llegado al exterior, el sol lucía con tanta fuerza que le cegó en un principio, para, después, alcanzar a ver al grupo de presos en perfecta formación en el centro del patio. Unos soldados los vigilaban, mientras que unos oficiales leían a viva voz nombres escritos en unos documentos.

La esperanza es tan poderosa que, impelido por ella, consiguió la fuerza necesaria para incorporarse y mantenerse erguido, aunque fuera apoyado en el quicio de la puerta. Los soldados estaban tan atentos a lo que sucedía en el patio, que ni se dieron cuenta de su presencia. Escuchaba atento como iban nombrando presos y comunicándoles disposiciones. En una nueva lectura fue su nombre lo que escuchó con perfecta nitidez. Con todas las fuerzas de las que fue capaz gritó para hacerse notar, pero nadie pareció oírlo. El superior escrutaba al grupo de presos aguardando respuesta, mientras éstos se mantenían a la espera, indolentes. En vista de que nadie parecía darse cuenta de que estaba allí, repitió los gritos aún a riesgo de ser tomado por loco y tambaleante se dirigió hacia donde estaban los responsables con las listas. Llegó allí exhausto, cayendo a sus pies, de rodillas, casi al borde del llanto, pero los presentes se conducían con la mayor de las indiferencias.

– Por última vez: preso Francisco Gutiérrez. ¿No está presente? ¿Está enfermo este hombre?

El subordinado que estaba a su lado tomó una nueva lista y buscó el nombre que le indicaban.

– Señor, sí, aquí sí que aparece…

El preso soltó un suspiro de alivio y levantó la vista hacia ellos expectante.

– … sólo que no está enfermo. En realidad, falleció hace cosa de un mes.

 

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